El 7 de septiembre de 1996 la música argentina sufría una de sus pérdidas más dolorosas con la muerte de Miriam Alejandra Bianchi, Gilda. Hoy, al cumplirse 30 años de aquel trágico accidente que la convirtió en un mito popular y una santa pagana, su legado sigue más vigente que nunca.
A lo largo de las décadas, su figura inspiró homenajes, pero pocas interpretaciones calaron tan hondo en el público como la de Natalia Oreiro en la biopic Gilda, no me arrepiento de este amor.
En 2016, al cumplirse 20 años del paso a la inmortalidad de la cantante, la actriz uruguaya abrió su corazón en una nota con Ciudad Magazine para repasar la admiración casi mística que sentía por la artista de la que se puso en su piel.

Así hablaba Natalia Oreiro con Ciudad Magazine de su admiración por la cantante de cumbia
Nada es casual en la vida. Y la concreción de este sueño para Natalia Oreiro tampoco lo fue. Luego de varios intentos de llevar al cine la vida de la icónica referente de la cumbia, la película finalmente llegó a la pantalla grande para sellar una conexión que Oreiro llevaba guardada desde su juventud.
-¿Cómo fue ponerte en la piel de una persona tan significativa para vos?
-Fue todo un desafío y una mezcla de sensaciones. Si bien es un deseo que yo tenía hace mucho tiempo, hasta que llegó la posibilidad de hacerlo no me había detenido a pensar en la complejidad del personaje, justamente porque es alguien que existió, muy recordada, y de quien hay mucho material audiovisual. Con lo cual, la comparación era inevitable.
Para una actriz, componer a alguien que está en el imaginario colectivo de la gente es algo complejo. Sobre todo si a eso se le agrega que yo, personalmente, tengo mi propia carrera musical y es muy distinta a la de Gilda.
Para mí era muy difícil correrme, que la gente no me viera a mí. Y eso era muy importante para una película de estas características, donde uno le presta el cuerpo, la voz, el alma y el corazón a un personaje que sí existió y que la gente tiene muy presente.
Yo siempre fui admiradora de ella, de su música, y cuando fui conociendo un poco más de su historia de vida, me sentí muy identificada.
-¿En qué cosas te sentís identificada?
-Porque la historia de Gilda es una historia universal. Se trata del trabajo, del esfuerzo, de los prejuicios externos no solo sociales, sino también familiares. Tener un sueño e ir a buscarlo.
Creo que, en un punto, lo que a ella le pasó fue lo que todos buscamos, que es encontrarnos a nosotros mismos. Pudo encontrarse a través de sus letras, de sus canciones, de su público… Creo que ahí ella fue verdaderamente feliz.
-Aunque le costó, Gilda triunfó en un ambiente musical en el que se imponían otros prototipos de mujeres, más voluptuosas, menos sumisas…
-Si bien hoy la sociedad sigue siendo muy machista, en los años noventa lo era aún más. Era un ambiente muy difícil para una mujer que venía de un lugar tan distinto.
Gilda era una maestra jardinera que ya había cumplido 30 años, que estaba casada y tenía dos hijos. En ese punto, todos nos sentimos un poco tocados por el imaginario de la gente que te encasilla en un determinado lugar y parece que uno no se pudiera correr de lo que el otro cree que es para uno, cuando es uno mismo quien decide cuál es su destino y su camino a recorrer.
En el caso de ella, en la bailanta no la aceptaban por venir de otro lado, por cantar distinto, por ser diferente físicamente. Y su familia tampoco aceptaba que se metiera en un mundo que creían ajeno.
Pero ella fue contra todo eso. No le fue fácil, claramente, como no lo es para ninguna mujer que decide hacer su propio camino; muchas veces tenemos a la familia y a la sociedad en contra.
Cuando uno cambia, el exterior se asusta. Yo, en lo personal, lo he vivido en varios momentos, cuando decidí hacer mi camino sin seguir un estilo particular o un sendero determinado. Al principio el cimbronazo es fuerte; después parece algo más natural.





