Hay espectáculos que se disfrutan con los oídos, pero también con los ojos y, sobre todo, con el corazón. Y si algo distingue a Damián Mahler al frente de The Beatles Symphonic Fantasy es que su talento no se limita a la imponente dirección musical ni a la puesta en escena: también está en su humor, sus anécdotas y esas breves intervenciones con las que, entre canción y canción, invita al público a sumergirse todavía más en el universo de The Beales.
Con una espontaneidad que rompe cualquier distancia entre el escenario y la platea, Mahler logra que cada presentación sea mucho más que un recorrido sinfónico por temas inolvidables: es una celebración compartida de la beatlemanía.
El próximo 12 de noviembre, a las 20:30, el Teatro Coliseo volverá a ser el escenario de esta experiencia que combina una banda de rock con una orquesta sinfónica para llevar el legado de The Beatles a otra dimensión.
En diálogo exclusivo con Ciudad Magazine, el director habló sobre el desafío de abordar un repertorio que atraviesa generaciones, la responsabilidad de estar a la altura de semejante música y la emoción que todavía le provoca escuchar algunas de sus composiciones favoritas.
“¿Cómo no llevar la música de los Beatles al mundo de la orquesta? Este es un proyecto que empezamos a soñar con Javi Fernández (Sira) hace unos 6 años y terminó saliendo a la luz unos 3 años después. Los Beatles encontraron en su producción discográfica muchos momentos y muchas oportunidades para llevar la orquesta sinfónica a sus canciones. Entonces, esta idea de llevar todo su repertorio a un espectáculo donde la gente pudiese venir a escuchar sus canciones favoritas, con una banda de rock y una orquesta, fue casi una obviedad para nosotros. Y una necesidad, te diría, de que existiera. Y después de este recorrido, puedo decir que estoy orgulloso de eso”, comenzó diciendo, con la satisfacción de haber hecho realidad lo que imaginó mucho tiempo atrás.
Si bien pareciera que hacer vibrar a los fanáticos con temas de The Beatles es la fórmula del éxito, Mahler sabe que trabajar con canciones que forman parte de la memoria afectiva de millones de personas implica una responsabilidad enorme: “El desafío de hacer esta música es inmenso, porque siempre pienso que tenemos que estar a la altura de lo que significa para el que nos viene a ver”, sostuvo.
Y agregó una reflexión que permite entender desde dónde construye cada presentación: “Pienso: ‘si yo, que amo a los Beatles, fuese a un espectáculo de éstos, ¿cómo me gustaría que me traten como espectador?’. Soy muy consciente de eso. Somos amantes y defensores de esta música y me encanta cuidarla y valorarla como el tesoro que es”.
“El desafío de hacer esta música es inmenso, porque yo siempre pienso en que tenemos que estar a la altura de lo que esta música significa para el que nos viene a ver”.
Esa mirada también se refleja en su manera de trabajar. Mahler es exigente con cada detalle, desde las orquestaciones hasta el trabajo conjunto con la banda: “La presión es más interna que externa. No me preocupa tanto el público en ese sentido, porque sé que tengo que hacer mi trabajo y dar todo de mí. Lo que depende de mí es que esto esté lo mejor posible, que esté hecho con el máximo cuidado y teniendo en cuenta cada aspecto que podamos abarcar. Después, regalárselo al público y que decida si lo aprueba o no. Soy 100% tolerable con el error ajeno, y 0% con el propio”, se sinceró.
Pero si hay algo que distingue a The Beatles Symphonic Fantasy es que también hay lugar para un clima de alegría y complicidad. Mahler interactúa con los músicos, hace comentarios, comparte ocurrencias y permite que el espectáculo tenga momentos inesperados.
¿Está todo previsto o surge naturalmente? El propio director lo aclara: “El espectáculo tiene su guión. Yo hablo, toco ciertos temas, pero lo que surge en el momento es genuino”.
“Somos amantes y defensores de esta música y me encanta cuidarla y valorarla como el tesoro que es”.
Para Mahler, esa espontaneidad tiene una explicación muy sencilla: la felicidad que le provoca estar en el escenario rodeado de músicos y compartiendo canciones que ama: “Concibo la música de esa manera. Yo estoy contento de estar ahí arriba tocando y dirigiendo a todos estos músicos. Creo que esa alegría es la que me hace interactuar de esa forma”.
Ese espíritu también se transmite a la platea, donde conviven espectadores que cantan, se emocionan, recuerdan historias personales y disfrutan de canciones que atraviesan generaciones. Y aunque los protagonistas musicales sean Los Beatles, Mahler entiende a la perfección el lugar que ocupa en esa experiencia: “Soy muy consciente de que el público trae un cheque en blanco. Porque, a diferencia de muchas otras cosas, esto que hacemos es eso: comprar sin saber. Valoro mucho eso y trabajo a consciencia sobre este aspecto que me hace proteger cada espacio de este espectáculo para tener ese efecto en la gente”, explicó.
Además, destacó que la emoción que se genera durante la función no depende exclusivamente de quienes están sobre el escenario: “Ese efecto en la gente no lo genero yo, ni los chicos, lo genera la totalidad. Detrás de escena hay un equipo enorme que nunca se ve, lamentablemente, pero que trabajó para que esa fecha suceda de esa forma”, señaló haciendo referencia a quienes lo acompañan detrás de bambalinas.
“Soy muy consciente de que el público trae un cheque en blanco. Porque, a diferencia de muchas otras cosas, esto que hacemos es eso: comprar sin saber!”.
“Me pasa a mí cuando voy a ver algo que me emociona y que me lo llevo para siempre. Y cuando algo me moviliza así, me encanta pensar que yo tengo la herramienta, ese cheque en blanco y esa posibilidad de generárselo a otra persona”, reflexionó.
Incluso recordó las palabras que recibe a través de las redes sociales de espectadores que le cuentan cuánto significó para ellos el espectáculo: “Muchas veces recibo un montón de mensajes diciéndome: ‘Esto es lo mejor que vi en mi vida’. Y yo digo: ‘Uy, es un montón’. Pero soy consciente de que es una posibilidad que haya una persona en la platea que esté teniendo un mal momento en su vida y que vos, por ese ratito, por esas dos horas y media, lo sanes. Es una responsabilidad”.
Y quizás ahí esté la verdadera esencia de Damián Mahler: entender que la música no termina cuando suena el último acorde, sino que permanece en las emociones y los recuerdos de quienes la escuchan. Con su talento y esa espontaneidad que lo vuelve cercano, el director sabe que cada función es una oportunidad única para regalar algo que trascienda el escenario: “A mí no me importa nada más que eso, ser consciente de que el público elige venir a verte y que, en esa elección, uno puede hacer algo que sea realmente distinto. Trabajo pensando en eso”, cerró.