Entre 1946 y 1990, varios países europeos hundieron más de 200.000 barriles con residuos radiactivos en las profundidades del Océano Atlántico, a unos 600 kilómetros de la costa de Nantes, Francia. Ocho décadas después, una misión científica internacional encabezada por el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) y el Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar (Ifremer) se propuso localizar y analizar el estado de estos desechos nucleares.
La expedición, bautizada NODSSUM, desplegó tecnología de punta para cartografiar una zona de 6.000 kilómetros cuadrados del fondo marino, a más de 4.000 metros de profundidad. Utilizaron sonar de alta resolución y el vehículo autónomo UlyX para identificar la ubicación de los barriles, sellados en betún o cemento y depositados en las llanuras abisales del noreste del Atlántico.

Durante la primera fase, los investigadores recogieron muestras de agua, sedimentos y fauna marina para analizar la presencia de radionúclidos y evaluar el impacto ambiental de los residuos. Para garantizar la seguridad, implementaron estrictos protocolos de radioprotección a bordo del buque, desde la recolección hasta el análisis en laboratorios en tierra.
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Las primeras mediciones revelaron una leve contaminación radiactiva, comparable a la de algunas zonas contaminadas de Francia. Estos datos servirán de base para futuras políticas de gestión de residuos nucleares y para planificar una segunda misión, que se enfocará en el entorno inmediato de los barriles.
En la segunda etapa, los científicos descendieron en el sumergible Nautile durante casi dos horas para observar de cerca los barriles y su entorno. “Fue una gran sorpresa comprobar que realmente había vida. Y el momento más emotivo fue cuando vimos el primer barril, después de años de trabajo. Vimos uno, luego dos, y después los vimos por todas partes porque había muchísimos”, relató Patrick Chardon, especialista en radiactividad ambiental del CNRS.

El hallazgo más llamativo fue la presencia de numerosos organismos viviendo a esas profundidades, incluso en los propios barriles. “Hay una belleza extraña y completamente incongruente en los barriles, que representan la contaminación causada por el ser humano”, explicó el geólogo marino Javier Escartín.
Sin embargo, además de los residuos radiactivos, los científicos detectaron la presencia de basura humana habitual, lo que demuestra que ni siquiera las zonas más remotas del océano están libres de la huella del hombre.
La misión NODSSUM forma parte del proyecto PRIME RADIOCEAN, que busca comprender los riesgos de los residuos radiactivos en el medio marino y contribuir al desarrollo de políticas más seguras y sostenibles. Los resultados de estas expediciones permitirán avanzar en la protección de los ecosistemas abisales y en la evaluación de prácticas pasadas de eliminación de residuos nucleares
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