Enero suele llegar acompañado de listas interminables de objetivos, promesas de cambio y una fuerte presión por “aprovechar el año al máximo”.
Sin embargo, esa búsqueda inquebrantable de nuevos propósitos muchas veces termina en frustración. No por falta de capacidad, sino por metas que nacen desde una expectativa idealizada y poco humana.
Desde chicos aprendimos que para lograr grandes cosas hay que ser duros con nosotros mismos. Pero ¿y si el verdadero secreto para un año “ganado” no fuera la disciplina extrema, sino la flexibilidad consciente?
Cada vez más especialistas coinciden en que planificar un “año perfecto” es una trampa que desconoce los límites personales y del contexto. En cambio, diseñar un año real puede ser la clave para sostener cambios a largo plazo.
La frustración detrás de los objetivos irreales
La frustración no suele aparecer porque una meta sea inalcanzable, sino por la brecha entre lo que esperamos de nosotros y lo que realmente podemos sostener. En ese punto, el coaching aparece como una herramienta concreta para transformar la presión en propósito y la autoexigencia en una estrategia viable.

Planificar con sentido implica dejar de preguntarse solo qué queremos lograr y empezar a indagar el para qué. ¿Qué es verdaderamente importante en esta etapa de la vida? Cuando los objetivos no están alineados con una intención clara, pierden fuerza y se abandonan con facilidad.
Planificar desde la intención
A diferencia de los objetivos rígidos, las intenciones funcionan como un ancla interna: orientan decisiones, comportamientos y prioridades, permitiendo ajustes en un entorno cambiante. No se trata de bajar la ambición, sino de elevar la conciencia.
En este sentido, Suzette Roldán, presidenta del capítulo Puerto Rico de la International Coaching Federation (ICF), comparte cuatro principios clave para planificar el año sin caer en la frustración:
- Reducir la cantidad de objetivos y enfocarse en lo esencial. Elegir menos metas, pero con mayor coherencia e intención, aumenta las probabilidades de sostenerlas en el tiempo.
- Definir metas realistas, teniendo en cuenta recursos, contexto y momento vital. La pregunta clave es si ese objetivo impulsa o exige desde un lugar poco sostenible.
- Construir un andamiaje de apoyo, a través de hábitos, conversaciones y estructuras que acompañen el proceso. Ningún objetivo se sostiene solo con voluntad.
- Revisar y ajustar sin culpa. Cambiar de rumbo no es fracasar, también es avanzar y aprender.
Un año posible, no perfecto
Planificar desde la intención no implica resignar crecimiento, sino elegir un camino más auténtico y humano. Avanzar con sentido, sin exigencias desmedidas, permite construir un año que refleje aprendizaje continuo, coherencia personal y bienestar.
En tiempos donde la productividad extrema parece ser la norma, repensar la forma en que nos planteamos objetivos puede marcar la diferencia entre un año cargado de frustraciones y uno verdaderamente vivido.



