Síntomas del estado del mundo - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

Síntomas del estado del mundo

"El silencio de Lorna", de los Dardenne, se centra en una inmigrante que se casa para conseguir la ciudadanía europea.

El cine de los hermanos Jean Pierre y Luc Dardenne, seco y vigoroso, ríspido y fluido, con el intercambio monetario reemplazando al intercambio sentimental, sigue centrándose en personajes que se mueven -cercados por la realidad y los dilemas morales- en las márgenes del opulento sueño europeo de las últimas décadas. Por eso ahora, en tiempos en que no queda claro si el sueño terminó o si pasa por una fase de pesadilla, algunos le encuentran rasgos premonitorios. Pero la potencia del estilo Dardenne no radica en mostrar la magnitud de una enfermedad social, ni tampoco en anticiparla, sino en transmitir sus síntomas a través de la crisis de un individuo o de un grupo familiar.

En El silencio... vemos a una inmigrante albanesa (excelente actuación de Arta Dobroshi) que convive con un drogadicto belga, con el que se casó para conseguir la ciudadanía de la Unión Europea (gran papel de Jérémie Renier, que en El niño vendía a su hijo y acá se vende a él). Lorna, débil engranaje de un mecanismo mafioso, debió pagar por su matrimonio. Y debería pagar por el divorcio, para así poder casarse con un ruso, "darle" su nueva ciudadanía y ganar el dinero para cumplir un sueño: poner un bar en Bélgica con su novio. Pero el plan del entorno de Lorna, aceptado en principio por ella, era eliminar al adicto belga fingiendo una muerte por sobredosis. Nada raro: la opción más rentable, en la lógica de mercado.

Los Dardenne, por supuesto, jamás remarcan las connotaciones sociales ni utilizan elementos narrativos ampulosos para transmitir la gradual grieta moral de Lorna. Más bien apuestan a miradas, a gestos ínfimos. Pero no son minimalistas en un sentido dramático. A través de la elipsis y de la dosificación de información, manejan el suspenso y la intensidad de la trama. Esta vez, sin esa cámara nerviosa que desde el hombro o la nuca de un protagonista pone al espectador en su lugar. En El silencio... hay más distancia: la puesta de cámara es más reposada, externa, frontal. Podríamos decir que en este filme los Dardenne abandonan la primera persona de, por ejemplo, El hijo, para adoptar la tercera persona, aunque centrada en un solo personaje.

Con algunas secuencias de despojada sordidez, El silencio¿ atrapa al espectador a través de una trama bien contada y de algunos giros fuertes, imprevistos. La película puede ser vista, también, como un sutil thriller. La narración avanza sin retórica, sin flashbacks, sin sobreexplicaciones, a través de los actos de los personajes; los más dramáticos no son mostrados en el instante en que ocurren, sino en sus efectos. Hay elementos que se repiten: billetes que pasan de mano, llaves que se pierden, celulares que ¿comunican? También, destellos de darwinismo social: el desamparado personaje de Renier echa, sin abrir la puerta de la casa, a alguien que le pide ropa usada. Aun en la base de la pirámide, siempre existe un subsuelo habitado por seres que pueden ser menospreciados.

Ajenos al maniqueísmo y al sentimentalismo, los personajes se mueven con la ambigua potencia de lo real: no es casual que los Dardenne vengan del documental y usen historias verdaderas como disparadores de sus filmes ficcionales. Por último, el tema de la maternidad: Lorna comienza a quebrarse cuando el joven drogadicto le demanda un cuidado casi infantil. Más adelante, el tema se apropiará de ella y de parte de la trama. El reparo final de muchos dardennistas de la primera hora será que esta película es la menos personal de los realizadores belgas. Puede ser. También que tiene méritos y que no desentona en una carrera por ahora impecable.

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