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Surfeando en el barro

Los documentalistas Maximiliano Ezzaoui y Natalia Bacalini cambiaron Villa Fiorito por la Rocinha de Rio, para contar la historia de su escuelita de surf.

Agosto del 2005: "Era domingo, el día en que la gente de la favela pasea por la feria de la Rocinha. La policía había roto los supuestos códigos de convivencia con los narcos. Es que jamás entraba en esos días. Todo estaba tranquilo, pero de un momento a otro, mientras filmábamos a un viejo personaje del lugar, empezaron a caer cientos de efectivos de la Policía Militar -una de las fuerzas más pesadas, que hasta tiene de imagen una calavera con dos cuchillos clavados- que corrían por los pasillos, gritando. En segundos, quedamos en medio de un tiroteo bravísimo, en el que murieron algunos chicos".

¿Ciudad de Dios? No, pero casi. Los directores de cine Maximiliano Ezzaoui y Natalia Bacalini rememoran así uno de los momentos más ásperos que debieron atravesar durante el rodaje del documental Surfing Favela, una película rodada íntegramente en la villa más grande y peligrosa de Río de Janeiro: la Rocinha, una ciudad construida hacia arriba sobre los morros, con más de 250 mil habitantes que conviven a diario en seis kilómetros cuadrados con escenas de violencia como aquella.

Luego de ganar 100 mil dólares en un concurso, la pareja de cineastas se decidió hacer la película sobre la escuelita de surf de Bocao, un joven apasionado por ese deporte que, entre ola y ola, intenta contener a los chicos "favelados". En Brasil ya se estrenó, pasó por festivales como el de La Habana y ahora espera turno en el Festival de Cine de Mar del Plata.

Así, filmaron durante un mes y algunas semanas en los años de 2005 y 2006, con dos guardaespaldas (uno de ellos, administrativo de los narcos), entre situaciones de violencia insostenible ("el barullo se arma cuando entra la policía. Ellos entran corriendo apuntando y si vos te asustas y corrés, tiran. Muchos chicos mueren porque se asustan, corren y se van") y tours de gringos en camiones blindados.

"La favela es una ciudad medieval con campanas, donde es casi imposible localizar a los narcos. Es una serie de callejones que no llevan a nada", describen ellos. La marginalidad no era algo nuevo. "Nuestra referencia era el trabajo en Fiorito", dicen, "donde empezamos a documentar en el inico de la úlitma crisis. Igual hay más códigos y respeto en la favela, porque en la villa te bancás siempre una verdugeada o que te tiren piedras. Los pibitos de acá son más asperos".

En el documental, Bocao explica que tuvo una infancia similar a la de sus alumnos: dura y sin ningún tipo de contención. Con el tiempo aprendió a surfear y a reparar las tablas que encontraba tiradas en la playa. Luego empezaron los cursos. Según Natalia, "Bocao tiene una mente muy despierta para el ambiente donde vive. Al lado de la favela hay un barrio que se llama Sao Conrao. Allá hay una playa que frecuentan los surfers más adinerados, algunos son amigos del profe. Y allí es donde se genera una especie de conexión entre los de un mundo y los playboys del otro. En el agua comparten sensaciones, y los chicos no pueden creer que practican el deporte junto a campeones mundiales".

Además de Bocao, destaca Mr. M, (una suerte de "Zé pequeño"), uno de los primeros discípulos, hoy promesa del surf de la Rocinha. "Estoy cansado de vivir aquí. No deseo estar más en un lugar donde no puedo estar en la casa, porque a todo momento entran los balazos por las paredes. Yo quiero vivir en un lugar lindo", dice.

Natalia encuentra rápidamente una respuesta a esa comentario. Según ella, todo eso surgió gracias al documental. Es que la película obligó a que Mr. M conozca otros lugares y que salga de la favela. "Cuando llegamos él no sabía que existían las playas de Copacabana o Ipanema".

Pero no todas son pálidas en la Rocinha: el músico hawaiano Jack Johnson, ex campeón de surf, conoció la historia de Bocao y le donó 10 mil dólares a la escuelita. ¡Como para surfear la cresta de la ola...!