Carlos Rottemberg no necesitó demasiado tiempo para entender hacia dónde quería ir. Bastó una infancia atravesada por marquesinas, salas oscuras y programas de cine recogidos como tesoros para que el rumbo quedara marcado para siempre, como indica una nota del Diario Clarín.
Medio siglo después de haber iniciado su camino como productor en Buenos Aires —y a 48 años de su desembarco en Mar del Plata—, su nombre quedó definitivamente asociado a la historia grande del espectáculo argentino.
La escena fundacional de la carrera de Carlos Rottemberg es casi de película. Un chico de barrio que mira un cine como si fuera un palacio y una madre que lo lleva al Ambassador para ver La novicia rebelde.
A los ocho años, Rottemberg ya recorría las salas del centro porteño, memorizaba direcciones, contabilizaba semanas de exhibición y armaba su propio mapa de cines como si fuera el dueño de todos. No jugaba a ser empresario: lo era, al menos en su cabeza.
Esa obsesión precoz no se desvió con el tiempo. A los 17 años firmó como menor emancipado para hacerse cargo del Teatro Ateneo y, apenas cumplidos los 18, se convirtió formalmente en empresario teatral.
Alternaba cine y teatro en una misma sala, levantando la pantalla por la noche para dar paso a la escenografía, en una modalidad que por entonces resultaba innovadora. Su primer estreno no llegó a concretarse en la fecha prevista, pero el rumbo ya estaba sellado.

LA TRAYECTORIA DE CARLOS ROTTEMBERG
Rottemberg aprendió rápido que su rol no era el del creador artístico, sino el del puente entre el talento y el público. Tras una experiencia frustrante como lector de textos teatrales, entendió que producir no implicaba imponer una mirada, sino rodearse de quienes sabían hacerlo.
Esa decisión marcó un punto de inflexión y consolidó un modelo de trabajo basado en la confianza, la escucha y la visión de largo plazo.

Hoy, su recorrido impresiona por los números y por la huella urbana. Produjo más de mil títulos y administra 16 salas entre Buenos Aires y Mar del Plata, distribuidas en edificios que redefinieron la lógica teatral de la calle Corrientes.
Apostó a los complejos multisalas cuando no eran la norma y sostuvo una idea clara recomendada por Alejandro Romay: diversificar para que un éxito pueda sostener a otros proyectos. La reinversión permanente fue, para él, una forma de supervivencia y también de legado.
En los últimos años, incluso se permitió explorar terrenos que durante décadas había evitado, como el teatro musical a gran escala, con producciones internacionales que encontraron en Buenos Aires una plaza sólida y competitiva. Esa capacidad de anticiparse, de leer tendencias antes de que se vuelvan evidentes, es una constante en su trayectoria.

Lejos de romantizar el oficio, Rottemberg se define con una palabra que no siempre suena simpática en el ambiente cultural: empresario. Para él, el éxito no es una mala palabra, sino una necesidad compartida por cualquier actividad que aspire a perdurar.
A los 68 años, mira el camino recorrido con emoción y también con preocupación. Sabe que el teatro comercial enfrenta desafíos profundos en un mundo dominado por plataformas y cambios en los hábitos de consumo.



