Dolores Solá juega por su cuenta

La cantante de La Chicana presenta "Salto Mortal", con temas de Gardel, Corsini y Magaldi, que dedica a su padre.

La palabra artista da miedo. Siempre digo que soy una trabajadora del mundo de las artes.

Con Acho Estol nos pasamos mucho tiempo pensando en hacer proyectos por separado, por afuera de La Chicana, que tiene una identidad categórica. Nos costaba mucho. Sobre todo a mi. No quería hacer una cosa caprichosa, sino algo más personal. Empecé a investigar y poco a poco me di cuenta que se se iba armando un disco que no era arbitrario. Los autores del repertorio de Salto mortal -Gardel, Corsini y Magaldi- tenían una fuerte identidad, muy criolla, pero también, como tipos jóvenes y curiosos que eran, se metían con un fado, una opereta, un paso doble. Redescubrí unos temas insólitos de ellos, desconocidos o poco transitados, originales y tiernos.

A veces me cuesta descubrir una canción por detrás del intérprete: escucho un tango por Marino y se me pierde. No visualizo qué hay detrás de esa interpretación.

Me atrae mucho escaparme de la solemnidad. Que los discos no sean plomos. Con Salto mortal además, tenía un ramillete de canciones que respondían a una época que había sido la época de oro de mi viejo, con quien yo escuchaba esos temas: y es un homenaje a él, a un Buenos Aires particular, que ayuda a entender lo que somos los porteños: unos años referenciales. Con la mirada puesta en París, injusta en lo social, pero muy rica culturalmente, y donde se gestaban los grandes cambios.

Lo más valioso de un cantante es el estilo. No importa si tenés una voz chiquita, pero el estilo, que es el alma, es lo que tenés para ofrecer, es lo que te hace diferente a los demás. Susana Rinaldi es la más grande después de Nelly Omar, porque Susana nunca imitó a nadie. Tiene un estilo. Si hay algo que me molesta es a quienes imitan a un grande a la hora de cantar: porque eso es muy fácil. Coti vende discos a rabiar, pero nadie dice que canta igual que Calamaro. Y eso pasa en todos los géneros.

Me cago en la perfección. Estoy totalmente dispuesta a la imperfección. En el tango no existe el concepto de cover, porque todo es un cover. Todos cantamos canciones no compuestas por uno, y hay que partir de un mínimo de calidad, pero después lo unico importante es transmitir emoción. Y eso no te lo asegura la perfección. Hay gente que lo hace, que reúne perfección y emoción, y es sublime. La perfección no se debe notar. En Noche de circo, de Bergman, nada -ni la luz, ni el diálogo, ni la cámara- están puestas para que se noten, pero muestran el drama.

Un amigo empezó a hacer fotos de desnudos artísticos. Tiene 60 años. Puso en internet un aviso: se presentaron 160 chicas. Todas menos de treinta años, divinas. La mayoría no tenía interés ni en el dinero ni siquiera en el producto final. Sólo querían un ojo, una luz sobre ellas: puro exhibicionismo. Antes, por lo menos, había una madre o una abuela desesperada porque la nieta se había ido al carajo. No, ahora la abuela está chocha porque la nena se pone en pelotas con Corona y Corona le hace unos chistes horribles sobre el culo de la nena y todos contentos.

Cómo se valora encontrar a alguien que está vivo, que está presente: y ni te cuento la gente que está dispuesta a pegarle una patada al tablero por un rato de vida.

El arte está sobrevaluado. Me hace reir Capussotto cuando hace un personaje con galera y esmoquin, y canta: qué gente del orto somos los artistas. No servimos para arreglar caños, ni curamos la gripe, somos egocéntricos y competitivos: qué gente del orto somos los artistas.

Pettinato trabajaba en El Expreso Imaginario, tocó con Luca Prodan, y ahora se disfraza de payaso con Guido Süller. ¿Es necesario? A mi me gusta que haya un Indio Solari, un León Gieco, cada uno en su perfil. Cada uno en su estilo, un lobo estepario y un solidario total. Es que hacen falta los discursos coherentes. ¿Es una palabra muy arcaica la palabra dignidad?