Ir al sitio

Ciudad Magazine

Notas Top

Valeria Bertuccelli y los sueños de Caperucita

El éxito y el fracaso son casi lo mismo. Tienen coincidencias: ambos son momentos que pasás en soledad, de los cuales aprendés mucho, de los cuales es importante salir bien parado. Te aman diferentes personas: con el éxito te ama mucha gente y te odia otra; y con el fracaso, esa gente que te odia es capaz de acompañarte y contenerte.

Durante muchos años le tuve mucho miedo a la oscuridad. Hace muy poco pude empezar a dormir con la luz apagada.

Preferiría morir antes que mi marido.

Me moví mucho en mi vida. San Nicolás, Australia, San Nicolás, Buenos Aires, Córdoba, París, Buenos Aires. Mi papá comenzó a trabajar desde niño limpiando las canchas de bowling, hizo la secundaria cuando yo era grande y después se convirtió en empresario y viajaba mucho.

Me fui tres meses a pasear Europa y me quedé dos años. A los 21. Me puse a estudiar teatro y a cuidar chicos. Mi papá se enojó: "No te pagué el pasaje para que te quedaras allá". "Vamos, pa --le dije-- si vos me enseñaste la libertad". Al tiempo llegó una carta que me decía: "La mano de papá llega hasta donde vos estés".

Mi primeros recuerdos están ligados al viaje a Australia en el Eugenio C: cuando cruzamos el Ecuador, mi papá disfrazado de bebé. Recuerdo que se metía en la piscina del barco y yo temblaba porque creía que el agua de la pileta se conectaba, por abajo, directamente con el océano.

Me volví de París cuando mi papá murió. Me desperté en medio de la noche soñando que me llamaban para darme esa noticia y ahí mismo sonó el teléfono y me avisaban que tenía que viajar. Yo tenía tres cosas para decirle. Las anoté en un papelito. Pero el avión fue a parar a Santiago de Chile porque estaba Ezeiza cerrado y después, de Aeroparque a Córdoba, fue otro suplicio: tres días en un cielo de niebla. Cuando llegué me corté el pelo, lo tenía muy largo, y le dejé las tres frases en su tumba. Nunca conté a nadie lo que escribí en ese papel.

Tuve muchos sueños premonitorios. Un día, harta, fui a ver a una homeópata para exigirle que me diera algo y no soñara más. Me dijo que no era posible, pero que me iba a dar algo para que me tomara de otra manera ese tipo de anuncios.

China Zorrilla dice que es más fácil salir bien parado de un gran fracaso que de un gran éxito.

Cuando escuché plantear la obra a Javier Daulte, sentí que Caperucita era un arquetipo, un personaje que tenía que hacer. La clave fue cuando dijo, en una de las primeras charlas, que lo atractivo era entender por qué la madre envía a su hija a cruzar el bosque con el lobo rondando. Después me di cuenta que hacía rato que pensaba en interpretar una niña en la oscuridad y enfrentando a su sombra.

Estuve cerca de la Virgen de San Nicolás desde tercer grado. Tenía un gran amigo, Guillermo Silvano, que me decía las novedades porque las apariciones sucedían al lado de su casa. Yo temblaba. A la famosa Virgen que genera tantas procesiones la vimos antes que nadie. Fue muy loco. Cerró la industria del acero y empezó otra. Porque con el cierre de Somisa, que era como el papá, todo el mundo quedó sin trabajo. La gente bromea: se murió el padre, y ahora apareció la Madre.

Tengo un grato recuerdo de Las Hermanas Nervio, el duo con Vanesa Weinberg. El primer trabajo que hicimos fue El Taller, en un escenario que no era más grande que un sillón. Aprendí a actuar, a plasmar de golpe un deseo: teníamos una idea, la escribíamos, les robábamos a nuestras madres algo de ropa, y todo eso lo poníamos en juego el fin de semana.

Era mi primer trabajo en tele, en Carola Casini. Era mi primer beso y tenía a Pappo enfrente. "No te preocupes piba, vos mandate", me dijo Carpo.