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"Soy el mejor director del mundo"

El director danés mostró su perturbador thriller y luego se defendió de las malas críticas. Ken Loach, en cambio, fue aplaudido.

Hay quienes hacen terapia de muchas maneras. Lars von Trier estaba "terriblemente deprimido", según sus palabras, y escribió el guión de Anticristo. Y lo filmó, deprimido. Pero lo deprimente es el resultado final. Porque al director de Contra viento y marea la depresión se le fue.

Cada filme del danés es una experiencia única. Filma escenas para impactar, en una medida que le sale tan natural como marketinera. Aquí hay sexo explícito y mutilaciones de genitales en una pareja que sufre por la muerte de su pequeño hijito, que salta al vacío en un prólogo en blanco y negro y cámara lenta, Handel de fondo, tras haber visto cómo mamá y papá hacen desaforadamente el amor.

Lo que sigue es la terapia que Ella (Charlotte Gainsbourg) hace con El (Willem Dafoe). Ella dice que le teme al bosque, y hacia allí irán, a exorcizar la pérdida. Von Trier es un provocador, pero la reiteración de su obsesión (la naturaleza perversa de la mujer), ciertos psicologismos y el regodeo con lo macabro terminan más que por abrumar, por fatigar. La dedicatoria a Andrei Tarkovsky en el final levantó carcajadas en la función de prensa.

"No mostrar las escenas más perturbadoras hubiera sido como mentir. Este es un sueño muy oscuro, sobre la culpa y el sexo y todo lo demás; me surgió naturalmente", dijo Von Trier en conferencia de prensa. "No creo que tenga que justificarme por lo que hice. Ustedes son mis invitados. Yo trabajo para mí, e hice este pequeño filme no para el público", contestó molesto y tembloroso la primera pregunta.

A "soy el mejor director del mundo, el resto está sobrevalorado" siguió un "Tarkovsky, él es un verdadero Dios. Cuando vi El espejo por primera vez por TV, entré en éxtasis. Si hablamos de religión, ésta es una relación religiosa. Sé que él vio mi primer filme, y lo odió profundamente, la cual siento que es una reacción honesta. El es de una generación anterior a la mía. Me siento relacionado con él, como con Bergman, o Strindberg... Si le dedicás una película a un director, entonces nadie va a decir que estás robándole".

¿Hizo el filme como terapia, entonces? "Es más la rutina de filmar lo que es terapéutico. Levantarse todos los días, ir a trabajar. Y eso ayuda. No creo que eso pueda curar a nadie. No estoy tratando de dar ningún mensaje. He sido mucho más claro y calculador en otras películas. Esta es más como un sueño puesto en un filme". Para rematar que cuando filmó en Alemania, "odié el menú". Simpático.

La mayor ovación en la Sala Lumiére, en las funciones matutinas, se la llevó Looking for Eric. A los 72 años el inglés Ken Loach exhibe una juventud de ideas envidiable. Ganador hace tres años de la Palma con El viento que acaricia el prado, lo trae a la Costa Azul una comedia dramática acerca de Eric, un cartero fanático del Manchester United, con conflictos familiares (añora a la primera esposa, a la que abandonó hace 30 años, vive con sus hijos adolescentes, uno en graves problemas), que de pronto recibe la visita de Eric Cantona, quien le da todo tipo de consejos. El futbolista -coproductor del filme- lo orienta mientras comparten ciertos cigarrillos... Todo en la fantasía de Eric, el cartero.

Steve Evets viene haciendo una carrera episódica en la TV inglesa, por lo que es casi un descubrimiento de Loach para el cine. Con un clasicismo que no se siente pesado sino todo lo contrario, y esa mirada a la clase media baja a la que el director de Riff-Raff y Mi nombre es todo lo que tengo tan bien conoce y admira, más una auténtica oda a la amistad, no sería extraño que el domingo veamos a Loach sobre la alfombra roja, para entrar al Palais y llevarse uno de los premios.

Tsar, exhibida en Una cierta mirada, parece retrotraernos el cine ruso que hace 30 o más años llegaba a Cannes. Pavel Lounguine toma al zar Iván, el terrible en el siglo XVI y lo muestra como el dictador que fue, con sus ínfulas y creencias de que la suya era una misión santa en medio de un caos. Y lo enfrenta a Filipp, al frente de la Iglesia, un amigo de la infancia que trata de hacerlo entrar en razón. La paradoja de que el hombre de fe sea más racional que el político no deja de ofrecer una mirada atípica, pero todo dentro de una narración cansina, apoyada por una música rimbombante y anodina.