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Sobresalió la violencia en los films

Las películas de Johnnie To y Brillante Mendoza impactaron por su gran nivel y por sus fuertes escenas. Decepcionó Alejandro Amenábar.

Con infinidad de jóvenes, y no tanto, mostrando carteles pidiendo "una invitación, por favor" para entrar a ver alguna de las películas en el Grand Théatre Lumière, ayer fue uno de los días en lo que más difícil resultó circular por la Croisette, la avenida que da al Mediterráneo. Muchos parisinos suelen venir a la Costa Azul durante el fin de semana, así que encerrarse, pese al día soleado, a ver buen cine era una buena opción.

Y hubo que limpiarse la camisa de tanta sangre que brotaba desde la pantalla. Primero fue Vengeance, del hongkonés Johnnie To, con la estrella local Johnny Hallyday. El cantante y actor interpreta a un ex policía, dueño de un restaurante en París, quien llega a Macau para vengar el asesinato de su hija, sus nietos y su yerno, y contrata a un trío de matones. Para más, Costello tiene memoria corta, por una bala incrustada en su cabeza.

Cómo hacer andar una bicicleta pegándole balazos, esperar que las nubes se corran y dejen a la luna llena iluminar para librar una batalla a tiro limpio, o esconderse detrás de cubos de basura y empujarlos en pleno campo abierto para una masacre sin fin : tres momentos de gloria para los fans del director de Election.

Y luego sin tantos regodeos llegó el filipino Brillante Mendoza, con Kinatay, sobre Peping (Coco Martin, habitual en el cine de Mendoza), un joven que estudia en la Escuela de Justicia Criminal y es obligado a participar de un "procedimiento" de rutina: el rapto, violación y descuartizamiento de una prostituta que debe un dineral por drogas a un jefe de la policía. La constante duda de Peping (¿escapará? ¿ayudará a la víctima ? ¿matará al policía ?) alimenta lo que prima en el filme, su costado moral. Mendoza no escatima crueldad -más de un espectador abandonó la sala-, pero resume su sentido en una frase: "la integridad perdida no se recupera jamás".

Si la decepción en Cannes tuviera un nombre, ése sería el de Alejandro Amenábar. El director de Mar adentro desperdicia su primera invitación, aunque fuera de competencia, con Agora, que refiere al centro cultural y religioso de las polis griegas, en esta coproducción entre España y los EE.UU., hablada en inglés -como Los otros-. Al fin de cuentas, ¿a quién pueden interesarle las disquisiciones de Hipatia, mujer de ciencia en pleno siglo IV DC, al cuidado de la Biblioteca de Alejandría, sobre el desplazamiento de la Tierra, si Amenábar prefiere contar las intrigas y masacres entre paganos, cristianos y judíos? Rachel Weiszt se pierde entre una trama de aventuras, romance y pretendido cientificismo. Hay otra cara conocida allí: Homayoun Ershadi, Mr. Badii en El sabor de la cereza, ganadora de la Palma en 1997. Se ve que se quedó en el Lumière...

Uno sale del cine mucho más satisfecho con Mother, de Bong Joon-Ho, sobre todo lo que es capaz de hacer una madre por su hijo. La que retrata el director de la fantasiosa The Host defiende a su hijo discapacitado mental, acusado del crimen de una adolescente. El coreano vuelve al thriller de Memorias de un asesino, y no sólo por sus acordes musicales recuerda a Hitchcock.

Una pérdida de tiempo resultó, sí, encerrarse para ver Ne te retourne pas, de Marina De Van, con Sophie Marceau y Monica Bellucci interpretando a Jeanne, una mujer que se transforma de una a otra. Comienza bien por su intriga, pero los recovecos terminan depositándolo en un laberinto sin salida.

¿Qué mejor, entonces, que salir del Palais, cruzarse con los turistas e ingresar a la Quincena de los realizadiores, a ver lo nuevo de Hong Sang-soo, Like You Know It All? Nueva aproximación a su autobiografía en el cine, con un director de renombre que se duerme en las proyecciones de un festival, y que desnuda toda su inocencia al vivir un amorío más o menos prohibido. Como dicen, estimula y sienta bien al lado de otras películas.

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