Salta tiene un imán especial para Florencia Peña. Allí, a solo 15 minutos de la capital provincial y en pleno corazón serrano, la actriz construyó junto a su marido Ramiro Ponce de León —oriundo de esa provincia— un refugio que combina lujo, naturaleza y filosofía oriental. Y el gran protagonista de esa propiedad es, sin dudas, su jardín con piscina.
LA PISCINA: UNA POSTAL QUE CORTA EL ALIENTO
El área exterior de la casa es puro espectáculo. La pileta de estilo rústico ocupa un lugar privilegiado en medio del frondoso parque y tiene vista directa a la laguna natural que rodea la propiedad. El agua turquesa contrasta con los bordes de lajas claras que enmarcan el espacio, donde Flor dispuso camastros para tomar sol y disfrutar en familia o con amigos.
El detalle que más llama la atención: junto a la piscina, una estatua de Buda vela el lugar, aportando una energía de calma y espiritualidad que le da al rincón una identidad propia. No es casual: toda la casa está impregnada de esa filosofía orientalista que Flor fue incorporando a su vida.

El jardín: verde, exuberante y con guiño tailandés
El jardín que rodea la casa es enorme. La vegetación autóctona salteña convive con plantas y árboles de diversas especies —el parque alberga más de 200 variedades—, creando un manto verde que se funde con el paisaje de montañas y laguna circundante.
Uno de los sectores más sorprendentes es el patio de inspiración tailandesa: un espacio que combina madera, textiles, objetos artesanales y vegetación exótica para generar un clima de retiro y contemplación. Flor logró trasladar el sudeste asiático al norte argentino, creando un equilibrio único entre lo local y lo lejano.

“Y altos los escalones... para gente muy joven. Como nosotros”, se escuchó decir entre risas a quienes recorrían la propiedad en los videos que la actriz compartió, evidenciando la escala imponente del lugar.
LA GALERÍA RÚSTICA: DONDE TODO SE CONECTA
Desde la galería techada —uno de los espacios más usados de la casa— se despliega el panorama completo: jardín, piscina, laguna y montañas como telón de fondo. Flor la equipó con sillones de madera, almohadones blancos, mesas rústicas y una hamaca colgante que invitan a quedarse horas mirando el horizonte.
La combinación de colores suaves, madera natural y piedra le da al lugar una calidez auténtica. Nada parece puesto al azar: cada detalle dialoga con el paisaje en lugar de competir con él.




