La Argentina se prepara para recibir al papa León XIV. El Sumo Pontífice llegará al país el domingo 8 de noviembre y permanecerá hasta el miércoles 11, en una visita que incluirá Buenos Aires, Córdoba y Luján.
El lunes 9, además, será feriado nacional para facilitar la participación en las actividades previstas durante su estadía.
En ese contexto, la visita vuelve a poner en primer plano una pregunta que excede a quienes practican activamente una religión: qué lugar ocupa hoy la espiritualidad en una sociedad atravesada por la velocidad, la ansiedad, la hiperconexión y la soledad.
Sobre ese terreno trabaja el sacerdote Eduardo “Edu” Mangiarotti en Una brújula en la ciudad: Una guía para una fe urbana, publicado por VR Editoras.
El libro propone una mirada diferente sobre la relación entre espiritualidad y vida cotidiana: en lugar de plantear la necesidad de escapar del ruido de la ciudad para encontrar un espacio de conexión interior, invita a aprender a mirar de otra manera lo que tiene lugar todos los días.
“La calle también es un gran lugar de contemplación”
Mangiarotti explica que el libro nació después de años de acompañar talleres de espiritualidad y de detectar una necesidad concreta entre las personas que se acercaban a él.
“Cuando alguien me pedía un libro para encarar la vida espiritual de un modo más integral, no encontraba nada que fuera lo suficientemente accesible y que, al mismo tiempo, ofreciera una síntesis, una introducción general a la vida espiritual. De ahí fue naciendo este libro”, contó.
Para el sacerdote, uno de los principales obstáculos para desarrollar una vida interior es la idea de que para hacerlo hay que alejarse de la realidad cotidiana.
“La ciudad tiene mala prensa, y no sin razones: su velocidad, su complejidad y cierto anonimato pueden hacerla parecer hostil. Pero es el contexto en el que muchos de nosotros vivimos, y lo que alimenta nuestra vida espiritual es, antes que nada, la realidad que nos rodea”, sostuvo.
Y dejó una de las definiciones que atraviesan su propuesta: “La calle también es un gran lugar de contemplación”.
Eduardo Mangiarotti.“La calle también es un gran lugar de contemplación”.
Según explicó, la ciudad ofrece algo que muchas veces pasa inadvertido: el contacto permanente con otras personas. “Hay una humanidad inmensa y variada, y una naturaleza que se abre paso de maneras más profundas de lo que solemos imaginar. Sobre todo hay encuentro con lo humano, con su riqueza y su hondura”, señaló.
La trampa de vivir en “modo automático”
La reflexión de Mangiarotti también apunta a uno de los rasgos más característicos de la vida contemporánea: la sensación de estar permanentemente ocupados.
Celular en mano, mensajes, trabajo, obligaciones y pendientes forman parte de una rutina en la que muchas veces las personas sienten que simplemente van de una actividad a otra.
“Vivir en modo automático nos hace pensar que la vida es algo que nos pasa, y no algo que elegimos y vivimos”, explicó.
Eduardo Mangiarotti.“Vivir en modo automático nos hace pensar que la vida es algo que nos pasa, y no algo que elegimos”.
Para salir de ese estado, propone recuperar una actitud contemplativa, desarrollar el sentido de propósito y prestar mayor atención a quienes están alrededor. “Todo lo que nos ayude a estar más presentes nos devuelve a nosotros mismos”, afirmó.
La idea adquiere especial relevancia en un momento en el que miles de personas se preparan para participar de las actividades del Papa en la Argentina.
La agenda de León XIV incluye una misa en el Monumento a los Españoles, encuentros con movimientos sociales y sindicales, representantes de distintas tradiciones religiosas y jóvenes, además de una misa en Luján.
“Muchas veces parte del malestar viene de la ansiedad con la que lo enfrentamos”
Pero ¿qué sucede cuando una persona busca respuestas espirituales justamente porque está atravesando un momento de angustia y necesita sentirse mejor?
Mangiarotti evita una mirada idealizada sobre la búsqueda espiritual. “En general, nadie empieza su vida espiritual por motivos tan nobles y profundos. Somos siempre, de principio a fin, una mezcla: nadie es químicamente puro, y yo tampoco”, reconoció.
Para el sacerdote, no hay que preocuparse tanto por encontrar una motivación perfecta al comienzo del camino. La autenticidad, sostiene, se construye con el tiempo.
“Es posible que el malestar siga presente al comienzo del camino, y justamente uno de los aprendizajes es la paciencia, con nosotros mismos y con los demás”, explicó.
Y agregó: “Muchas veces parte del malestar no viene solo de lo que nos aqueja, sino de la ansiedad con la que lo enfrentamos”.
Por qué nos cuesta tanto construir vínculos
Otro de los ejes de Una brújula en la ciudad es la necesidad de recuperar los vínculos y construir una comunidad. Una cuestión especialmente significativa en una época en la que las redes sociales permiten estar conectados permanentemente, pero no necesariamente acompañados.
Para Mangiarotti, existe una contradicción: “Tenemos ganas de relaciones más genuinas y sinceras, pero al mismo tiempo les tenemos miedo”.
Eduardo Mangiarotti.“Tenemos ganas de relaciones más genuinas y sinceras, pero al mismo tiempo les tenemos miedo”.
¿La razón? El vínculo profundo implica mostrarse vulnerable. “El amor también incomoda, nos moviliza, nos revela nuestros límites y nos saca la máscara”, sostuvo.
Además, señaló otro problema propio de estos tiempos: la falta de tiempo.
“Muchas veces no nos damos el tiempo suficiente. Los vínculos tienen una dimensión de gratuidad, de saber ‘perder tiempo’, porque ahí es donde suceden las cosas más verdaderas”, reflexionó.
“Dios me espera en las personas y en los acontecimientos”
Como sacerdote, Mangiarotti asegura que su propia concepción de la fe también fue modificándose a partir de las personas que acompañó a lo largo de los años.
“La fe nunca es algo acabado, porque es una dimensión de la persona: el vínculo de confianza que tenemos con Dios”, explicó.
Y planteó una mirada particular sobre su tarea pastoral: “Nunca pensé mi trabajo pastoral como un depósito al que yo llevo a Dios; muchas veces es Dios quien me espera en las personas y en los acontecimientos, y me toca estar a la escucha para descubrir qué me enseña ahí”.
Su conclusión es también una definición sobre su propia trayectoria: “El contacto con la gente a lo largo de los años me ha ido enseñando a ser sacerdote, a ser creyente y a ser humano”.
El ejercicio de cinco minutos que recomienda Eduardo Mangiarotti
Frente a una persona agotada, preocupada por el futuro y con la sensación de estar corriendo permanentemente detrás de sus obligaciones, Mangiarotti no propone una fórmula complicada.
De hecho, recomienda algo que él mismo hace cuando se encuentra en esa situación: detenerse.
“Bancarme la incomodidad inicial, respirar profundo y tomar conciencia de que no estoy solo, de que hay una presencia amorosa a la que llamamos Dios”, explicó. En su caso, utiliza una frase como mantra: “Mi vida está en tus manos”.
También recurre a alguna frase de la Biblia o simplemente observa un crucifijo o una imagen de Jesús.
“Eso me ayuda. A la mayoría de la gente a la que le recomiendo este ejercicio, también le ayuda”, aseguró.
Mientras la Argentina se prepara para la llegada de León XIV, la propuesta de Mangiarotti apunta a una cuestión que puede interpelar incluso más allá de la religión: la necesidad de detenerse y volver a mirar aquello que tenemos delante.
No necesariamente lejos del ruido, de las obligaciones o de la ciudad. Tal vez, justamente, en medio de todo eso.