El Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María vivió una edición histórica. A 60 años de su primera jornada, el clásico cordobés se transformó en el epicentro de una verdadera revolución cultural: la juventud tomó el folklore y lo hizo propio, mezclando raíces, fiesta y nuevas formas de vivir la música popular.
En 1966, cuando arrancó todo, no existían ni la TV a color ni internet. La música sonaba en vinilo y el Fernet Branca ya era parte del ritual.

Un festival que se reinventa con cada generación
El Anfiteatro José Hernández agotó sus 30 mil localidades en varias noches. La postal es clara: jóvenes y público histórico comparten gradas y campo, mezclando acentos, historias y ganas de celebrar.
En tiempos de pantallas y conexiones fugaces, la juntada en Jesús María es refugio y fiesta real: desde la previa en casas alquiladas hasta el pogo frente al escenario, el folklore se vive como nunca.
Este año, la grilla fue un reflejo de esa transformación. Milo J, referente de la nueva camada, compartió cartel con la jujeña Cazzu, el cordobés Ulises Bueno y los salteños Ahyre. El folklore dejó de ser solo tradición: ahora es modernidad, es federal y es tendencia

El folklore, más vivo que nunca
Las chacareras se corean como himnos de cancha y la mística cordobesa se siente en cada abrazo, en cada brindis que se repite vaso tras vaso. El verano 2026 en Jesús María ya es un hito: la tradición no se pierde, se transforma y se potencia con la energía de miles de jóvenes que eligen cantar, bailar y celebrar juntos.
El fenómeno no es casualidad. La juventud encontró en el folklore un espacio de pertenencia y disfrute colectivo. La fiesta, la música y el encuentro son el nuevo lenguaje de una generación que reescribe la historia del festival y le da al verano cordobés una vitalidad imparable.
Jesús María confirmó que el folklore argentino está más vivo que nunca. Y que, cuando la juventud toma la posta, la tradición se reinventa y late con más fuerza.



