Las Extinguidas de Muscari: divas entre el brillo y el ocaso

El director reúne en el Teatro Regina a 10 mujeres, íconos de los ochenta que supieron despertar los ratones de varias generaciones, para una comedia negra sobre los vaivenes de la fama. 

Muscari y sus divas de Extinguidas. Foto: Facebook
Muscari y sus divas de Extinguidas. Foto: Facebook

Al final reconocerán que la extinción no es un meteorito y que la atrocidad vive en un teléfono que no suena o en que confundan sus nombres por la calle. O que, después de años de escenario y de tantos taco aguja gastados, sus apellidos sean "A la que la cagó el marido" o "Aquella que se casó con La Movida del Verano".

Un spa, donde ellas esperan beber el elixir de la eterna juventud, sirve para que les recuerden a su público, y a quién quiera, que todavía gozan de la pisada escénica que las distinguió. Que detrás de las plumas y el brillo de aquellos años también hubo fragilidad. Que esta vez son ellas las que eligen reírse de sí mismas, como lo hicieron otros en el pasado. Y que esta vuelta tiene el sabor de la revancha.

Extinguidas, la última obra de José María Muscari, reúne a 10 mujeres que despertaron las fantasías del público con sus curvas y picardía. El punto final perfecto para una trilogía que Muscari inauguró en 2009 con Escoria y siguió con Póstumos, obras donde apeló al talento de algunos olvidados del espectáculo nacional. 

El autor y director eligió para su trabajo más reciente que las historias personales de sus musas se conviertan en el material biográfico para su obra: un spa, donde ellas esperan beber el elixir de la eterna juventud, sirve para que con crudeza y desenfado les recuerden a su público, y a quién quiera, que todavía gozan de la pisada escénica que las distinguió. Que detrás de las plumas y el brillo de aquellos años también hubo fragilidad. Que esta vez son ellas las que eligen reírse de sí mismas, como lo hicieron otros en el pasado. Y que esta vuelta tiene el sabor de la revancha.

Beatriz Salomón abre con cancha el juego, presentándose a través de su perfil de Wikipedia, y ese mismo recurso de “la necesidad de decir quiénes son” se repetirá con las nueve restantes. Mimi Pons, Luisa Albinoni y Noemí Alan derrochan destreza tanto en la comedia como en el drama, clima que Muscari crea en toda la obra para reafirmar la condición de sus actrices, ahora devenidas en personajes. 

Hay veneno para todas: Adriana Aguirre clama espantada por el gusto de las nuevas generaciones por "lo mediático"; Naanim Timoyko recuerda su retiro de las tablas, como mujer de Mateyko, para dedicarse a jugar al burako en el country; Silvia Peyrou baila un éxito de su expareja, Cacho Castaña; Patricia Dal ironiza sobre su costado espiritual y cirugías; Sandra Smith satiriza su carrera musical y Pata Villanueva sobre sus despreocupados años en el Viejo Continente. 

A los años ochenta, década donde la mayoría de las divas de Muscari tuvieron su apogeo, se les rinde tributo: entonan populares jingles de publicidades y de las cortinas musicales de los éxitos televisivos en los que participaron, hay menciones a Sofovich, Olmedo, Porcel, Calabró, Tato y a otras "extinguidas" que podrían haber estado junto a ellas. ¿El detalle? Al final será Graciela Borges y su inconfundible voz, convertida en una suerte de diosa todopoderosa o de Gran Hermana de este reality teatral, la que dará respuestas a las oraciones de estas encantadoras losers.

Sin los hombres que marcaron sus carreras, estas viudas despliegan en escena humor corrosivo, como bocanadas de amargo drama. Un redescubrimiento “muy Muscari” de las exvedettes, que profundiza en el significado de la fama y su pérdida.