El Indio Solari convirtió a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en una religión popular del rock argentino, siempre eligió la sombra antes que los flashes. Nacido el 17 de enero de 1949, Carlos Alberto Solari construyó un culto a la privacidad tan sólido como su legado musical.
Sin embargo, detrás del mito reservado, quedaron huellas visibles de sus afectos más profundos: Virginia Mones Ruiz, su único gran amor; Bruno, su hijo; y un vínculo con el público que definió su carrera.
Virginia llegó a su vida en el verano de 1981. Siete años después, en 1988, contrajeron matrimonio, y recién en 2000 nació Bruno, el primer y único hijo del cantante. La relación, blindada del mundo mediático, tuvo uno de sus momentos más recordados en el recital de Los Fundamentalistas en el Estadio Único de La Plata, en 2008, cuando el Indio le dedicó a Virginia la canción “Y mientras tanto el sol se muere”.

Un gesto íntimo en medio de una multitud. También fue ella quien lo acercó a las redes sociales en 2019, desde donde empezaron a circular fotos inéditas, posteos e imágenes intervenidas con inteligencia artificial.
No faltaron los rumores, claro. La panelista Edith Ermida fue señalada como supuesta amante a partir de un saludo cariñoso del músico, pero ella misma aclaró que ni siquiera lo conocía personalmente.
También circuló la teoría de que la canción “Tarea Fina”, del disco La Mosca y la Sopa, había sido dedicada a la modelo Karina Rabolini. La propia aludida respondió con humor: “La verdad es que me encantaría que fuera así, pero creo que no es para mí”.
EL TRIÁNGULO QUE SOSTUVO A LOS REDONDOS: SKAY, LA NEGRA POLI Y EL INDIO SOLARI
En el plano artístico, los vínculos más decisivos del Indio se tejieron dentro de Patricio Rey. El triángulo formado por él, el guitarrista Eduardo “Skay” Beilinson y Carmen “La Negra Poli” Castro —mánager histórica del grupo— fue el motor invisible de una de las bandas más importantes del rock nacional.
La sociedad con Skay fue especialmente determinante para el sonido y el legado ricotero. Sin embargo, esa relación terminó atravesada por tensiones que nunca se explicaron del todo en público. El Indio habló de traición; Skay eligió el silencio.

Pero si hubo un vínculo que creció sin pausa fue el que construyó con su público arriba del escenario. “Ahí están todos a mi favor”, llegó a decir. Los shows de la etapa solista —en Tandil, Mendoza, Gualeguaychú, Junín, Salta y Olavarría— mostraron una convocatoria que ya excedía cualquier estadio.
El punto más oscuro de ese fenómeno fue el recital de Olavarría de 2017, donde murieron dos personas y el movimiento ricotero quedó bajo una condena social que aún resuena.
LAS PASIONES DEL INDIO SOLARI: ARTE, LITERATURA Y ROCK
Antes de ser músico, Solari fue estudiante de la Facultad de Bellas Artes de La Plata. Esa formación visual impregnó todo su universo artístico y se conectó directamente con el trabajo de Rocambole —Ricardo Cohen—, el artista que construyó la identidad gráfica de Los Redondos.
La música fue el territorio donde todo convergió: desde su admiración temprana por The Beatles, Jimi Hendrix y el primer Spinetta hasta la construcción de un lenguaje propio que combinó el rock con la poesía y la filosofía.

Los libros también fueron una obsesión. Joseph Conrad, William Burroughs, Jean Cocteau y Antonin Artaud fueron algunas de las lecturas que le dieron espesor a una escritura que nunca admitió una sola interpretación.
Con el diagnóstico del mal de Parkinson y la decisión de alejarse de la vida pública, el Indio profundizó esas pasiones desde su hogar.

Música, literatura y arte gráfico como refugio y como legado. Por eso, aunque eligió vivir lejos del ruido, su mundo íntimo dejó huellas suficientes para entender por qué su obra seguirá viva por siempre.




