Burning Man: Postales de una utopía

A fines de agosto, entre treinta y cuarenta mil personas viajan cientos (a veces miles) de kilómetros para internarse en uno de los desiertos más inhóspitos del planeta y participar de un experimento social extremo: el Festival "Burning Man".

Podrían quedarse en sus modernas ciudades, saboreando comidas calientes, mirando televisión, o manejando sus autos con aire acondicionado. Podrían quedarse en casa, disfrutando del confort tan accesible a los habitantes del gran país del norte. Pero no: al menos una semana al año, no lo hacen. A fines de agosto, entre treinta y cuarenta mil personas viajan cientos (a veces miles) de kilómetros para internarse en uno de los desiertos más inhóspitos del planeta y participar de un experimento social extremo: el Festival Burning Man.

Fundado a fines de la década del ochenta por un puñado de artistas transgresores del área de San Francisco, el Festival ha sufrido un crecimiento vertiginoso. Hoy en día, Burning Man es un caleidoscopio infinito de las expresiones artísticas y las disciplinas corporales más diversas. He aquí una enumeración arbitraria de una porción ínfima de las cosas que pasaron en la edición 2006 del Festival:

- hubo una enorme fiesta rave que se extendió durante doce horas
- un señor regaló 10.000 bochas de helado
- cientos de personas disfrazadas de conejos se manifestaron exigiendo "bunny power"
- presenciamos uno de los mejores shows de magia del mundo
- una mujer dictó clases de oboe
- en un "mate lounge", un grupo de norteamericanos se juntó a tomar mate y jugar al ping-pong
- hubo una tormenta de polvo ante la que fue necesario protegerse con antiparras y mascarilla
- una nena de 10 años cantó un blues de los Stray Cats, con la confianza de una profesional, frente a cientos de adultos que escuchaban extasiados
- una enorme serpiente mecánica de metal se movía en el centro del campamento y escupía fuego
- unos trapecistas hicieron un número de acrobacia colgados de dos grúas gigantes de construcción, disfrazadas de flor
- rayos láser atravesaron la atmósfera helada del desierto a medianoche
- decenas de autos, ómnibus y camiones se desplazaron por el desierto convertidos en obras de arte sobre ruedas (llamados "art-cars" o "mutant vehicles")
- una señora dio un seminario sobre agricultura orgánica
- varios jóvenes se juntaban por la noche a practicar capoeira
- un señor ofrecía practicar enemas de café
- gente de todas las edades saltaba durante horas sobre camas elásticas
- un señor desnudo subido al capot de su camioneta declamó poesía sufi mientras regalaba arroz con mango a quienes pasaban a su lado.

El año pasado realicé un viejo sueño y pude ser parte de este universo absurdo. El programa de la feria del libro se vería más bien raquítico en comparación con el programa de actividades del Festival. Cada mañana, durante los 7 días que viví en el desierto, me levantaba con un plan definido. Cada desayuno preparaba mi jornada, mis actividades, mi itinerario. Ni una sola vez llegué a destino: siempre en el camino sucedió algo más interesante, algo que desvió mi atención.

Imagino que algún lector pensará: "bueno, suena a rejunte de hippies decadentes". No estén tan seguros. Larry Page y Sergei Brin, los fundadores de Google, no se han perdido ni una edición del Festival durante los últimos 10 años. Mis vecinos de campamento incluyeron a un ingeniero turco que diseñaba teléfonos para Nokia, un escritor de guiones para Hollywood, y un ejecutivo de Oracle. Digamos que los asistentes no se ajustan exactamente al estereotipo del hippie.

La ciudad que se forma durante esa semana en el desierto se organiza como un círculo con avenidas concéntricas. Las calles y las plazas tienen nombres. Dentro de la ciudad, llamada Black Rock City, hay barrios y zonas, y dentro de ellos campamentos, cientos de campamentos, organizados por afinidades temáticas. Solo por dar un ejemplo, está el Barbie Death Camp & Wine Bistro, un campo de exterminio para barbies. Otros campamentos tienen nombres tan crípticos como Hair Of The Dog, Industrial Waste Adoption Center o Kamp Kammaniwannalaya. En mi caso, me alojé en Kids Camp, el campamento especialmente pensado para las familias con niños pequeños. Podría escribir un libro acerca de lo que esas criaturas vivieron, aprendieron, y nos enseñaron en una semana.

OK: tenemos las 35.000 personas. Tenemos las actividades. Tenemos el desierto. ¿Cómo coexistir durante una semana? Ahí hay mucho trabajo puesto, mucho pensamiento, mucha cultura y mucho esfuerzo. Por ejemplo: nadie, pero nadie, tira basura al piso. Nadie descuida los baños químicos. Prácticamente no hay conflictos, ni robos, ni violencia. Lo cual es asombroso, considerando la presencia de alcohol y drogas en el festival, y la relativa ausencia de agentes del orden. Explicar cómo sucede este prodigio de amor, buena onda y convivencia consumiría demasiado tiempo y un buen número de hipótesis endebles. Pero es hermoso constatar que es posible. Ciertamente, no es un milagro, es el resultado de un enorme trabajo de concientización.

Hegel decía: "Para hacer algo grande hay que saber limitarse". Burning Man muestra que, paradójicamente, para vivir en un estado de libertad extrema (que no es caos) hay que autoimponerse ciertas restricciones. Restricción principal: no se puede usar dinero. Si te descubren sacando un billete para pagar un bien o un servicio, te echan. Todo se regala. Todo. Los cursos, los tragos en los bares, las fiestas, los shows, la comida. Todo es gratis. Casi nadie llega al festival con las manos vacías; es parte fundamental de la preparación el decidir qué regalar. Todo el tiempo, uno da lo que tiene y recibe de otros. Es conmovedor ver gente despilfarrando sus fortunas personales en construir las discotecas más fantásticas en la mitad del desierto, sólo porque son hermosas, sólo para celebrar. Y desarmarlas, reducirlas a la nada, una semana más tarde.

Hay otros principios fundamentales para un buen "burner" (participante en el festival). Por ejemplo: no hay espectadores, todos son participantes. Todos los recursos valen para auto expresarse radicalmente: el lenguaje, la ropa, los regalos. Pero incluso este ejercicio en auto-expresión radical encuentra límites: hay que respetar a los demás y hay que cuidar el lugar. Los organizadores trabajan mucho para minimizar el impacto del festival sobre el delicado ecosistema del desierto. Los rangers (especie de participantes-policías voluntarios) predican "Leave no trace" (no dejes marcas; limpiá y levantá todo lo que tires).

El arte es uno de los protagonistas del festival. Es muy interesante encontrarse con esculturas e instalaciones en este contexto. En la inmensidad del desierto, las piezas se nos vuelven más cercanas. El arte está ahí para tocarlo. Mi hija se hizo experta trepadora de artefactos extraños. Es lo contrario de lo que sucede en el ambiente claustrofóbico de los museos, donde un guardia y una soga nos imponen una distancia kilométrica frente a una obra intocable, sin contexto, incrustada sin más en nuestro presente.

Mi experiencia en Burning Man fue fuertemente urbana. Mi actividad favorita era salir a vagar por Black Rock City solo, de noche, explorar cada recoveco, y meterme en todos los bares. Uno puede hablar con quien quiera. Todos te responden. Todos están de buen ánimo. Todos te invitan un trago. Nadie desvía la vista. Si decís algo que los conmueve, te abrazan. En un par de días ya había elegido mi bar favorito: uno en el que servían únicamente Absinthe (ajenjo), una especie de licor de anís con hierbas que a principios del siglo XX fue muy popular entre los intelectuales parisinos.

La última noche quemamos todo. El ritual comenzó con un baile frenético con antorchas. Después hubo fuegos artificiales; y después se incendió, como todos los años, la figura de unos 30 metros de alto de un hombre, ubicada en el centro exacto de la ciudad. Finalmente, ardieron los distintos templos y esculturas de la ciudad. Fue la culminación de la catarsis. Al día siguiente emprendimos la retirada: más livianos, más felices... transformados.