En cuestión de horas, Luciano Castro volvió a ser noticia por motivos ajenos a su carrera. La filtración de un audio íntimo, donde el actor dialogó en tono español con una mujer durante su gira teatral, desató un nuevo escándalo mediático y reabrió un debate que incomoda a más de uno: ¿qué pasa cuando la vida privada se convierte en espectáculo?
El audio recorrió programas de espectáculos, redes sociales y portales de noticias. No solo expuso a Castro, sino también a su pareja, Griselda Siciliani, y reavivó recuerdos de episodios pasados, como la filtración de fotos íntimas que años atrás sacudió su relación con Sabrina Rojas. Una vez más, la intimidad quedó bajo la lupa y la vergüenza social apareció como castigo.
La intimidad, convertida en show: vergüenza y castigo social
Lejos de ser un hecho aislado, el caso de Castro expuso un fenómeno cada vez más común: la naturalización del escrache emocional y la idea de que la intimidad ajena es un bien de consumo colectivo.
Para Florencia Pollicita, sexóloga de la app de encuentros Gleeden, “cuando una situación íntima se expone sin consentimiento, el problema no es el deseo ni la decisión personal, sino el impacto emocional que genera la humillación pública”.
Florencia Pollicita, sexóloga de Gleeden.“Cuando una situación íntima se expone sin consentimiento, el problema no es el deseo ni la decisión personal, sino el impacto emocional que genera la humillación pública”.
Según la especialista, “la sociedad parece más interesada en señalar que en comprender”, y advirtió que la exposición puede provocar vergüenza, ansiedad, miedo a perder vínculos, la reputación o incluso el trabajo.
“El foco no debería estar puesto en juzgar la infidelidad, sino en cómo se gestiona la exposición y qué consecuencias psicológicas tiene para todas las personas involucradas, especialmente para las parejas, que quedan atrapadas en una narrativa ajena”, remarcó Pollicita.
Perdonar en público: ¿decisión propia o presión social?
En medio del revuelo, la actitud de Griselda Siciliani, que eligió no confrontar públicamente, fue leída por muchos como un gesto de “madurez” o de “ser cool”.
Pero la presión social sobre quienes deben “gestionar” una infidelidad a la vista de todos es enorme. Así lo dejó en claro Sabrina Rojas en una frase que lanzó en Intrusos: “Cuando hablamos de infidelidad, si sos cool seguramente tenés la mente abierta, si no sos cool sos cornuda”.
Perdonar, separarse o callar deja de ser una decisión íntima para convertirse en una performance pública.
Según el estudio “Radiografía de la no Monogamia de Gleeden (2025)”, el 66% de los más de 15 mil encuestados en Argentina no perdonaría una infidelidad, considerándola una traición irreparable.
Sin embargo, el 34% restante señaló que las circunstancias, el contexto y la intención detrás del engaño podrían abrir la puerta al perdón.
El informe también reveló que el 55% cree que la monogamia es una imposición social, mientras que el 45% opina que sí es posible, siempre y cuando existan las condiciones adecuadas.
Infidelidad: una realidad extendida, pero no siempre resuelta
Otras encuestas internacionales, como las de Human Life International y Couples Academy, coinciden en un dato clave: entre el 60% y el 75% de las parejas permanece junta después de una infidelidad.
Pero seguir juntos no siempre significa perdón emocional ni reconstrucción total de la confianza. Factores como la duración del vínculo, la convivencia, la presencia de hijos o la dependencia económica suelen pesar más que la resolución emocional del conflicto.
“Muchas parejas siguen juntas después de una infidelidad, pero eso no significa que el tema esté cerrado. En muchos casos, lo que persiste es el silencio, la culpa o el miedo a la exposición”, explicó la sexóloga de Gleeden.
Desde la app sostienen que el eje está en otro lado. “Explorar deseos, fantasías o decisiones personales no debería implicar el riesgo de transformarse en el foco del debate público”, afirmó Silvia Rubies, Directora de Marketing de Gleeden Latinoamérica.
Y agregó: “El caso de Luciano Castro vuelve a demostrar que el verdadero conflicto de época no es la infidelidad, sino la falta de espacios donde la intimidad pueda existir sin ser castigada públicamente, especialmente para las mujeres que históricamente han sido las más estigmatizadas por expresar su deseo”.
Silvia Rubies, Directora de Marketing de Gleeden.“Este caso vuelve a demostrar que el verdadero conflicto de época no es la infidelidad, sino la falta de espacios donde la intimidad pueda existir sin ser castigada públicamente, especialmente para las mujeres que históricamente han sido las más estigmatizadas por expresar su deseo”.
¿Es posible hablar de deseo sin escarnio público?
En un presente donde la intimidad ajena se consume en tiempo real y cada gesto privado puede transformarse en titular, el caso de Luciano Castro deja una pregunta abierta: ¿podemos hablar de deseo, acuerdos y formas de vincularnos sin convertir el error, la elección o la contradicción en un espectáculo de escarnio público?