Joaquín Furriel y los beneficios de salirse de la "zona de confort"

Por Mariel Fuentes. El actor -rotulado en la TV como "galán"- sorprende en cine con El patrón: radiografía de un crimen, interpretando un personaje laberíntico, construído desde la mirada y el silencio. Y la rompe.

Joaquín Furriel la rompe en El patrón: radiografía de un crimen.
Joaquín Furriel la rompe en El patrón: radiografía de un crimen.

Un décalogo de autoayuda (viral en la web) invita a salir de la “zona de confort”, porque así “lograremos que la vida sea más emocionante”. Y, de alguna manera, tironeado o no, creo que algo de eso hubo en el nuevo desafío de Joaquín Furriel en cine con El Patrón: radiografía de un crimen, película perla de este 2015, dirigida por Sebastián Schindel.

Pasa que el tipo –Joaquín, sí- tiene una facha que abruma, pero ¿a pesar de ella? el tipo –Furriel, sí- fantasea con que esa suerte de don estético no sea una piedra para volar en cine con papeles que, ciertamente, pocos avizorarían para él. Él, el de la tele, un muchacho de tremendos y celestes "faroles", dirían las abuelas, que hasta cosecha un club de fans, con presidenta y todo.

Joaquín redirigió el puntero al papel sórdido, el difícil, construido más en silencios que en guiones, una personificación mucho más corpórea que argumental: el asesino esclavizado por el inefable patrón. Y uno, espectador en este lujo del cine nacional, se olvida de que el tipo es el mismo que la tele (la que a veces oficia de trituradora de talento) rotula como galán.

El proceso no fue sencillo. Y él lo dejó entrever en cada entrevista. Pero cuando cayó en sus manos el guión de El Patrón, tuvo un verdadero metejón actoral… Eso sí, no con el personaje que teóricamente le caía “como anillo al dedo” (en su caso, el abogado de clase media acomodada, que logra sensibilizarse con el caso, y que finalmente interpretó Guillermo Pfening). Joaquín redirigió el puntero a otro papel. El sórdido, el difícil, construido más en silencios que en guiones, una personificación mucho más corpórea que argumental. El de la víctima, el asesino esclavizado por el inefable patrón, maravillosamente encarnado, y bien cae esta descripción, por Luis Ziembrowski.

La apuesta era atrevida, pero el director pudo ver más allá de lo que un casting estándar determinaría. Y Joaquín mutó en un increíble Hermógenes Saldívar, el peón de Santiago del Estero que se convierte en carnicero en la ciudad de Buenos Aires. Para el papel, incluso, utilizó lentes de contacto marrones, y desnudó una mirada inédita. Impresionante.

Acaso, la personificación más intensa de su vida. Y uno, espectador en este lujo del cine nacional, se olvida de que “el tipo” es el mismo que la tele (la que que a veces oficia de trituradora de talento) rotula como galán.

Tenía razón aquel simplón manual de autoayuda: salir de la zona de confort, al fin de cuentas, beneficia a todos.

Y tremendo actor resultó Joaquín, para los que aún –adornados de prejuicios, admito- mirábamos con recelo la elección de su nombre. Casi que nos olvidamos de sus tremendos y celestes faroles…