Osqui Guzmán: ningún improvisado

 Hizo kung fu, fue murguero y bailarín de tango. Con "Torcan", llegó su primer protagónico en cine.

Era un chico muy copado del kung fu. Veía todo lo de Bruce Lee y me metí a estudiar: el kung fu me sirve todavía. O en todo caso, yo le sirvo a él. Es una disciplina que significa práctica de resistencia: un poeta sin saberlo hace kung fu, un cocinero también. Me ayudó mucho en la constancia que hace falta en mi profesión de actor. Es muy loco: un entrenamiento durísimo para no usarlo nunca.

El artista quiere un doble camino. Uno, que va hacia lo que ve, hacia lo que le sucede; y otro, que va hacia sí mismo, hacia lo que guarda. El artista no es la persona. Y mientras más entrene el artista, más va a poder alejar a ese actor de sí mismo, para que sea otros.

La murga fue fundamental. La conección que lográs con el público, eso que tiene que ver con el carnaval, con la noche, con la alegría. En "Atrevidos por costumbre" yo tenía el papel del que arenga. Estaba ahí para crear el clima necesario. Improvisaba de manera poética, barrial, convocaba los duendes y la murga entraba.

No hay nada más lindo para el murguero que te aplaudan. La gente aplaude y el murguero baila más y más. Es lo que sucede en el teatro. Está el actor, y el público, pero lo que importa es la obra. Bueno, está la murga, la gente, pero lo que importa es el carnaval.

En Torcan hacer de Luisito Cardei fue increíble. En el Conservatorio teníamos folclore y tango en los primeros años y de ahí que mi primer trabajo fue dar clases de tango. Hubo una época en que nos íbamos de milonga con Ingrid Pellicori, Joaquín Furriel, Germán Salvatierra, quien ahora está yirando por el mundo enseñando a bailar tango. Cardei era el amor en escena. La calidez de una voz creando mundos, pequeñas historias que regalaba. "El tango es alegría", decía, y le pasaba por encima a sus problemas físicos.

Claro que me gustó que Mauricio Dayub me dejara entrar en su mundo. El Batacazo me sirve para pensar sobre el peso de la suerte y el destino. Hay una frase de la obra que dice: "somos como un dibujo, cuando los demás te ven bien dibujado te creen el destino enseguida, pero si te detectan borroneado, te dejan afuera". Estoy agradecido de mi suerte. Aprendiendo de lo que me sucede: aprender es que si tirás la piedra no hay que esconder la mano. Y si te viene una devolución tan grata por tu trabajo, como la de Mauricio Kartún en El niño argentino, es porque tengo que seguir acá.

La improvisación, que llevamos adelante en el grupo "Qué rompimos", con mi mujer, Leticia González, es otra ayuda para el actor que soy: me quita obsesiones, me libera de fantasmas, me deja en el presente puro del artista que soy en ese momento.Con la improvisación aprendo responsabilidad, es decir: habilidad de respuesta. Antonio Bax, mi primer maestro de teatro en el Conservatorio, me dijo algo que no olvidé: "Nunca defiendas tu trabajo desde la palabra: hacé. Ahí vas a encontrar".

Mauricio Kartún tiraba a la basura textos que nosotros, con Mike Amigorena, le pedíamos por favor que no lo hiciera: unas cosas excelentes. "Pura literatura", decía. "Ni el mejor actor argentino puede decir esto". Un grande.

Hermanos & Detectives marcó un piso posible de calidad de lo que puede hacerse en televisión.

Cuando entré al conservatorio no podía ni pagar la cooperadora. Pinté el lugar para pagar mi cuota.

Mis viejos tenían un taller de costura en La Boca. Mi viejo era boliviano y no aceptaba mi laburo de actor. "¿Cuando vas a trabajar?", me decía. Una noche me fue a ver al teatro. A la noche se agarró un pedo bárbaro. Me pedía perdón. "Yo quería que la gente te quisiera y te respetara. Y vos lo lograste: la gente te quiere y te respeta", me decía. Y después, hasta que murió, fuimos amigazos. Pero amigos a nivel de que me preguntaba algunas cosas que hacía. Me consultaba y hasta me pedía consejos. «