Hay comidas que funcionan como punto de encuentro. La pizza es una de ellas. No importa la edad, el plan ni el día de la semana: sentarse frente a una porción es, casi siempre, una forma de volver a juntarse.
Por eso, el Día Mundial de la Pizza —que se celebra cada 9 de febrero— no es solo una fecha gastronómica, sino una invitación a repetir un ritual que atraviesa generaciones.
En Buenos Aires, la pizza tiene identidad propia. Masa generosa, queso abundante y combinaciones que se repiten desde hace décadas sin perder vigencia.
En la Avenida Corrientes, Güerrín es uno de esos lugares donde el tiempo parece ordenarse alrededor de una mesa compartida. Desde 1932, el local fue escenario de reuniones familiares, encuentros improvisados, festejos sencillos y visitas obligadas para quienes pisan la ciudad por primera vez.
Sabores que no fallan
En la carta de Güerrín, los clásicos no ocupan un lugar secundario: son el centro de la experiencia. La muzzarella bien porteña, la napolitana con tomate y ajo, la fugazza y la fugazzetta siguen siendo elecciones infalibles para quienes buscan repetir un sabor conocido.
A esas opciones se suman combinaciones que forman parte de la memoria gastronómica de la ciudad, como la pizza de jamón y morrones, la calabresa, la de anchoas o la mixta, presentes desde hace décadas en las mesas compartidas.
También aparecen las especialidades históricas de la casa —como la Súper, la Ideal o la Gran Güerrín— que condensan ese espíritu abundante y clásico que define a la pizza porteña.
Lejos de las modas pasajeras, la carta confirma que hay sabores que no necesitan reinventarse: siguen vigentes porque funcionan, porque se transmiten y porque, cada vez que vuelven a la mesa, activan el recuerdo de otras noches iguales y distintas al mismo tiempo.
Después de la pizza, el postre
El ritual no termina con la última porción. En las pizzerías tradicionales como Guerrín, los postres ocupan un lugar silencioso pero fundamental. Lejos de la pastelería de autor, aparecen preparaciones clásicas que acompañan sin competir.
El tiramisú —con su mezcla de café, cacao y crema—, el budín de pan, el flan casero con dulce de leche o la sopa inglesa forman parte de ese cierre esperado. Son postres que no buscan sorprender, sino completar la experiencia: algo dulce, compartible, que prolonga la charla y estira el momento.
En muchos casos, el postre se pide “para probar”, pero termina siendo parte del recuerdo tanto como la pizza. Porque también ahí hay tradición, repetición y afecto.
Una fecha que invita a volver
El Día Mundial de la Pizza funciona como una excusa colectiva para frenar la rutina y sentarse a la mesa sin demasiados planes. Volver a una pizzería conocida, reencontrarse con sabores familiares y repetir gestos simples que, con el tiempo, se vuelven inolvidables.
En un mundo acelerado, la pizza sigue siendo pausa. Y los clásicos —en la pizza y en los postres— confirman que hay tradiciones que no necesitan cambiar para seguir siendo actuales. A veces, volver a lo de siempre es exactamente lo que hace falta.