Campi, la historia bohemia desconocida del artista suceso: "Hay toda una época de la que poco me acuerdo, es la bien vivida"

Campi, la historia bohemia desconocida del artista suceso. (Foto: Web)
Campi, la historia bohemia desconocida del artista suceso. (Foto: Web)

El actor que deslumbra en ShowMatch y agota localidades en calle Corrientes con su unipersonal, le abrió a Ciudad.com la ventana de su vida antes del estrellato. Su trabajo como vendedor puerta a puerta, su desopilante despido del viejo Pumper Nic, los años que vivió en Montevideo y la anécdota de su increíble encuentro con Luca Prodan en la madrugada de Buenos Aires. Además, un imperdible ping pong de preguntas y respuestas.

 

¡Pase y lea!

Esa noche, después de trabajar todo el día, Martín agarró el tacho con engrudo, la brocha, los carteles de su modesto show y se fue a recorrer las calles de Buenos Aires. “Chau, vieja, vuelvo tarde”, se despidió y salió de la casa en la que vivía en Parque Patricios con su familia. Todo era a pulmón en aquellos años y la promoción de sus espectáculos no iba a hacerse sola. Se subió al colectivo 50 y le pagó al chofer los pocos australes que costaba el boleto por aquel entonces.

Corrían los años 80 y faltarían muchos todavía para convertirse en Campi (46), el humorista suceso que agota localidades con su unipersonal en la calle Corrientes y deslumbra con sus imitaciones y personajes, en Bailando 2015. Nacido en una familia de clase trabajadora, Campilongo llegó a estudiar el oficio de moldería por tradición familiar, aunque nunca abandonó sus sueños de artista, a los que se aferró con convicción de acero.

Tacho en mano, comenzó a desandar las cuadras de la avenida Corrientes, maravillado con sus luces y sus marquesinas, aunque sin siquiera soñar que llegaría a conquistar esa arteria neurálgica que le da vida a Buenos Aires. Luego de embadurnar postes con decenas de carteles, su paso firme lo llevó hasta la zona del viejo Mercado del Abasto, donde le aguardaba una sorpresa de madrugada. Un momento que atesoraría hasta el día de hoy.

El joven Martín se sorprendió ante una voz gastada de noche y cortada entre las sombras que lo invitó a tomar unas ginebritas en un tugurio cercano. Era Luca Prodan, fundador de la mítica banda Sumo y una de las leyendas del rock nacional. “Era una Buenos Aires llena de aventuras copadas. Me dijo ‘vení y entrá’. Entramos ahí y no me acuerdo de nada. Hay toda una época de la que poco me acuerdo, ja, ja, ja. Es la bien vivida”, reirá con ganas en su camarín del Multiteatro, frente al grabador de Ciudad.com.

"No añoro el pasado, fue todo muy bien vivido y no me arrepiento de nada. Fue algo que pasó, es como otra vida. Lo veo tan lejano, tengo 46 y hay fotos que son de una vida pasada. Y por otro lado, son de antes de ayer, es rarísimo. Creo que después de los 35/40, el tiempo tiene otra velocidad y no tiene ninguna lógica".

-¿Qué añorás de tu niñez en Parque Patricios?

-Lo que añoro es la Argentina de esa época, esa cosa del vecino que te cuida, yo crecí andando en bici en la vereda, ¿viste? Cambió mucho mi barrio, hay mucho paco y está peligroso. Cuando vivía ahí, tenía una novia en el barrio Espora, un lugar muy humilde al lado del Riachuelo. Iba y volvía a las dos de la madrugada y no pasaba nada. Ahora es imposible entrar si no sos de ahí. Añoro eso y no me acostumbro.

-¿Te da melancolía que tus hijos no puedan vivir la infancia que te tocó?

-Me da tristeza, la verdad que sí. Viste que dicen “los argentinos nos merecemos lo que tenemos”. Bueno, yo no creo merecer esto. No me quiero acostumbrar a esto. Antes existía el porro. Y la merca para los que tenían guita. Ahora hay unas cosas que son rarísimas y unos peligros que no había. Pero seguiremos siendo argentinos, porque yo no me voy a ir de este país.

-¿Qué trabajos tuviste antes de ser artista?

-Hacía caricaturas en revistas. También pintaba vasos de vidrio y una mujer después los metía en un horno y yo los vendía. Después me abrí por mi cuenta, porque con lo que ganaba me alcanzaba sólo para ir y volver de Villa Crespo a Parque Patricios en colectivo. ¡Ese era mi sueldo! Cuando saqué la cuenta, vi que no ganaba nada. Se aprovechaban de que era menor, ese fue mi primer trabajo.

-¿Cuántos años tenías?

-Tendría 16. Entonces empecé a hacerlo por mi cuenta, pero claro, me faltaba el horno, así que los pintaba y al primer lavado se le iban los dibujos. Los vendía puerta por puerta y no volvía a ir. ¡Un cagador! Ja, ja, ja. Pero eran vasos baratos, los vendía al costo. Cuando se me terminaron los barrios, se me terminó el trabajo.

"Era una Buenos Aires que no era peligrosa, llena de aventuras copadas. Me lo crucé a Luca Prodan y era mi superhéroe. El tipo estaba solo tomando algo en la madrugada. Se ve que me vio la cara de pelot… y me dijo ‘vení y entrá’. Entramos ahí y ni me acuerdo de nada porque era una ginebra fuerte".

-¿Recordás alguna anécdota divertida?

-También fui empleado en Pumper Nic, ja, ja, ja. Empecé haciendo papas fritas y terminé siendo supervisor de personal. Tendría unos 20 años, era muy chico. Después me despidieron porque los miércoles cerraba y cocinaba fideos para mis compañeros de trabajo. Yo era el supervisor, o sea, se hacía lo que yo decía. Y un día cayó el gerente general, a quien no conocía. “¿Cómo que está cerrado?”, preguntó y le respondí: “Si quiere comer fideos, entre”. Al día siguiente, me echó. Era en el horario de la comida, un loco yo…

-¿Y también tuviste un videoclub?

-Sí, después. Era mío. Hice de todo. Estudié moldería también. Mis padres fabricaban ropa en una época y a mí me gustaba diseñar. Entonces me mandaron a estudiar eso porque les servía para la empresa, pero era muy matemático y yo todo lo contrario. Pero bueno, lo sé hacer y ahora hago mis propios disfraces para el teatro.

-¿Empezaste a trabajar de tan chico por necesidades?

-Me daba vergüenza pedirles plata a mis viejos para salir con minas. Entonces empecé a laburar para pagarme las salidas.

-Alguna vez contaste que terminaste cerrando el videoclub porque hacías más plata trabajando a la gorra. ¿Cómo fue eso?

-Ahí ya no laburaba en la calle, laburaba en los sótanos. En esa época, vivía en Montevideo. Fui a ver una obra de teatro, me encantó la ciudad y me quedé en Uruguay dos años. Hacía funciones martes, miércoles y jueves, me tomaba el barco para acá, hacía funciones viernes y sábados, y me volvía para allá. Pensá que bancaba un departamento en Montevideo con la gorra, ¿viste? Me iba re bien. Tendría 20 y monedas.

-¿Y tus viejos cómo veían esa vida tan bohemia?

-Siempre me apoyaron. Cuando quería diseñar me apoyaron, cuando quería dibujar estaban conmigo, también. Me supieron acompañar muy bien los viejos. La verdad que fue maravilloso. Se te hace la vida más fácil cuando te acompañan, en cualquier decisión. Y mi familia no tiene nada que ver con el teatro. Mi abuelo fabricaba plumeros, imaginate.

-¿Qué atesorás de aquellos años trabajando en los sótanos?

-Fue algo que pasó, es como otra vida. Lo veo tan lejano, tengo 46 y hay fotos que son de una vida pasada. Y por otro lado, son de antes de ayer, es rarísimo. Creo que después de los 35/40, el tiempo tiene otra velocidad y no tiene ninguna lógica. No añoro, fue todo muy bien vivido y no me arrepiento de nada. Disfruté mucho, los miércoles me tomaba el 50, me venía con un balde de engrudo en el bondi y las fotocopias de mi espectáculo. Venía y pegaba hasta la madrugada acá en calle Corrientes. Y después me iba a la Giralda a encontrarme con mis amigos o, si no tenía guita para el bondi, me volvía caminando a Parque Patricios. Y pasaban cosas, como que me encontré a Luca Prodan en esas caminatas. Yo con el balde vacío de engrudo ya y quedarme tomando ginebra con Luca en el bar El Tío. Era una Buenos Aires que no era peligrosa, llena de aventuras copadas. Me lo crucé y era mi superhéroe, el tipo estaba solo tomando algo en la madrugada. Se ve que me vio la cara de pelotudo y me dijo “vení y entrá”. Entramos ahí y ni me acuerdo de nada porque era una ginebra fuerte.

-¿Y quién invitó los tragos?

-No me acuerdo de nada, hay toda una época de la que poco me acuerdo, ja, ja, ja. Es la bien vivida.

"Fui empleado en Pumper Nic, empecé haciendo papas fritas y terminé siendo supervisor. Los miércoles cerraba y cocinaba fideos para mis compañeros. Y un día cayó el gerente. ‘¿Cómo que está cerrado?’, preguntó y le respondí: ‘Si quiere comer fideos, entre’. Al día siguiente, me echó".

-¿Alguna vez pensaste que ibas a llegar?

-No sé… no sé si vislumbraba esto, la verdad que no tengo idea. Iba disfrutando mucho el andar, siempre tuve clara la proyección inmediata. Es más saludable así, porque vas llegando a la zanahoria a los mordiscones y, más o menos, me manejé así toda la vida. No planeo ser un actor de Hollywood.

-¿Y hoy cómo vivís la fama? Esto de tener localidades agotadas con una o dos semanas de anticipación.

-No tengo localidades agotadas en calle Corrientes con un espectáculo mío desde cuando lo hacía a la gorra, hace más de 20 años. Hace casi 25 que hago teatro todos los años de mi vida, y nunca me invitaron a los premios ACE. Saqué cuentas y en 25 años hice clásico, comercial, unipersonal, de todo. Pero nunca me tuvieron en cuenta. Yo me considero de teatro y después vino la tele, por más que no me inviten.

-Te noto molesto. La verdad es que es raro que no te hayan invitado nunca.

-Sí, es raro, ¿no? Ya van varios años que veo que hay mucha gente que es de teatro y no está, y siempre están las mismas caras. En 25 años hubo tiempo para que me inviten. Yo soy muy artesano de lo que hago y eso me lo dio el under. Cuando no tenés un mango, te tenés que hacer vos la ropa y la peluca. Cuando tenés guita, contratás a alguien. Todo esto que ves acá, lo hago yo. Aprendí en la calle todo eso, es mi mundito de verdad.

"Fui a ver una obra de teatro, me encantó Montevideo y me quedé dos años. Pensá que bancaba un departamento en Uruguay con la gorra, ¿viste? Me iba re bien y tendría 20 años y monedas. Mis viejos siempre me apoyaron. La verdad que fue maravilloso. Se te hace la vida más fácil cuando te acompañan, en cualquier decisión".

-¿Cómo llevás la relación con el público?

-Estoy chocho de ver que el público ha crecido conmigo. Muchos me siguen desde las primeras épocas y traen a los hijos. La televisión te trae pibes más chicos, de 18 ó 20 años y son mi jubilación, ja, ja, ja. ¡Los tengo que cuidar! Y vienen veteranos tipo mi personaje Jorge, que lo saqué del padre de un amigo mío.

-¿Y tus hijos cómo viven la fama? (Emma (8) y Francesca (3); más Santi (11) e Isabella (13), del primer matrimonio de su mujer, Denise Dumas)

-Tener chicos te cambia la cabeza. Son un poco mi límite, yo no sé si podría hacer algo que mis hijos no puedan ver. Son un poco el límite de mi guión, digo un par de puteadas, pero hay cosas extremadamente guarras que decía en otras épocas, que ahora no podría hacer. Uno va madurando y va cambiando, y eso está muy bien, porque si no estás quedado en el mismo lugar. Van a venir atrás mío otros que no tienen los límites que yo tengo a los 46 y así está el mundo. Está buenísimo, viene una generación de humoristas como Migue Granados, que lo escucho a veces y digo ‘¡guau! ¿cómo dijo eso?’. Y a mí no me da para decirlo ahora. Admiro esa falta de… ¡de todo! Me encanta.

-Para cerrar, ¿qué sueños te quedan por cumplir?

-Ser un actor de Hollywood, ja, ja, ja. ¡De Palermo Hollywood! En lo personal, me gustaría estar de novio con mi mujer, ya que nunca estuvimos de novios, siempre tuvimos chicos. La época de noviazgo la voy a disfrutar mucho, pero voy a tener que esperar un par de años todavía, ja, ja, ja. No sé, estoy disfrutando mucho del andar.

Campi, el suceso de calle Corrientes. (Foto: gentileza prensa Sandra Beerbrayer)
Campi, el suceso de calle Corrientes. (Foto: gentileza prensa Sandra Beerbrayer)
Campi, el suceso de calle Corrientes. (Foto: gentileza prensa Sandra Beerbrayer)
Campi, el suceso de calle Corrientes. (Foto: gentileza prensa Sandra Beerbrayer)
Campi, el suceso de calle Corrientes. (Foto: gentileza prensa Sandra Beerbrayer)
Campi, el suceso de calle Corrientes. (Foto: gentileza prensa Sandra Beerbrayer)