Historias en pequeño formato

Un arte que surgió alrededor de 1930, en Japón, se reproduce en Argentina. El itinerario del género parece una historia misma de este formato, llamado kamishibai, o teatro de papel. Aquí, contamos ese largo viaje.

Varios elementos confluyen en la experiencia del teatro en pequeño formato que ha extendido redes, funciones y creadores en La Plata, San Juan, Puerto Pirámide (Chubut), Rosario, la ciudad de Buenos Aires, Morón, La Matanza, Mar del Plata y San Pablo, Brasil. Se trata de espectáculos que comparten, por un lado, cierta aproximación al miniaturismo en el soporte y los objetos que integran la propuesta escénica. Por otro, plantean la calidad del encuentro en un marco ambulante que dialoga con la tradición del teatro callejero.

Los espectáculos tienen público de todas las edades aunque la convocatoria infantil resulta determinante. "Deseamos alternar las funciones en espacios cerrados y en lugares abiertos -dice Diego Posadas- y en ese sentido ser un poco continuadores de los artistas japoneses de los 30, que salían al encuentro de su público. Los Kamishibaistas llegaron a ser 50.000 entre los años 30 y 40, muchos de ellos trabajadores desocupados que encontraron en esta forma de arte popular un modo de subsistencia. Recorrían los barrios en sus bicicletas, allí montaban el teatro y hacían la función. Luego vendían dulces a los niños que acudían a las funciones".

Cada obra tiene una duración de entre 10 y 15 minutos, y se trabaja con ilustraciones, pequeños objetos, música y texturas sonoras en vivo o grabadas. Aplica técnicas de Origami (manualidades en papel) e involucra a narradores y actores. Participan un generoso arco de autores: desde Yasunari Kawabata, pasando por Hans Christian Andersen hasta Sergio Pángaro.

Actualmente, en este formato hay dos líneas que se destacan, no sólo por la producción del espectáculo, sino también por la convocatoria y resonancias en el territorio donde se llevan a cabo. Por un lado, la extensa tradición japonesa del Kamishibai (Kami: papel, Shibai: teatro), iniciada en Buenos Aires por la traductora Amalia Sato, quien trajo de Japón láminas originales (38 x 26.5 cm), realizadas a mediados del siglo pasado, y el modelo del pequeño teatro portátil que aquí reprodujeron los artesanos carpinteros Oscar Fukuhara y Juan Arturi.

"Parecía una excelente oportunidad de reunir a amigos -dice Sato- con inquietudes en distintos campos: la ilustración (Delius Lozupone, Diego Posadas, Pablo Fusco, Nicolás Prior), la escritura (Sergio Pángaro, Rafael Cippolini, Damián Blas Vives). Y así fue, las representaciones de Kamishibai se transformaron en una fructífera recreación de posibilidades de esta forma de teatro callejero. Los amigos agregaron música, luces, distintas voces narradoras, asumieron con libertad la ilustración jugando con planos cinematográficos. Para nuestra sorpresa lo que en su origen era teatro para niños empezó a cautivar a los adultos. La tradición que conocíamos y habíamos investigado fue reactivada para transformarse en una experiencia inédita de arte portátil, con tiempos de espectáculo dramático."

Otra experiencia de sólida trayectoria es la del grupo platense La Caja encantada, integrado por Andrea Iriart Urruty, Peonía Veloz y Victoria Deluso Flores. Ellas pertenecen al grupo La Grieta, uno de los espacios culturales más intensos que trabaja hace quince en el barrio sur de La Plata. "La caja..." es, en cierta medida, una variación del Kamishibai, y tiene una obra clave: El circo de las hermanas Delujo, extraordinaria muestra de teatro en pequeño formato, sutil, detallista y de alta calidad en el montaje.

Andrea Iriart Urruty explica un eje fundamental de su propuesta. "Somos escenógrafas, coordinamos talleres de vestuario, literatura, objetos e inventos. Es decir -dice-, somos una mezcla de lenguajes. Nuestro deseo era construir una caja escénica, nuestro propio teatro, con posibilidad de representar obras propias o cuentos que nos cautivaron desde siempre. Desde entonces, en un garage, un galpón, una sala, hay funciones. Partimos de una obra escrita, en mi caso son relatos e imágenes de mi autoría, luego confronto las imágenes con un material visual del estilo que elija, y comienza la construcción. También hemos realizado obras a partir de cuentos populares latinoamericanos, leyendas o, simple mente, de una música."

Uno de los cruces entre la experiencia platense y la porteña se produjo al presentar Yovaca -con ilustraciones de Gabriel Bovillo y Diego Posadas, junto a la música del santiagueño Alberto Ibañez- en el espacio de La Grieta. Ibañez es taxista, nació en Santiago del Estero y vive hace 19 años en Solano -cerca de Quilmes- donde fundó junto a dos hermanos el grupo Los Alhuhe. Son verdaderos agitadores folclóricos del conurbano que han realizado recitales y peñas para todo el barrio con un escenario improvisado en el techo de su casa. Resulta difícil imaginarse a los Ibañez en una obra de teatro de pequeño formato, pero esto sucedió. "No sabía lo que era el Kamishibai -cuenta Ibañez-, pero armé una serie de canciones para las láminas que me pasaron Diego y Gabriel. Era un cuento para chicos sobre un caballo que se creía vaca y viajaba desde el campo a la capital para cumplir sus sueños. Contamos la historia con varias canciones y muy pocas palabras. Me quedé sorprendido por la respuesta de los chicos porque es difícil mantener su atención en un teatrito tan chico, pero ellos participaron, se reían; estaban con nosotros".

Diego Posadas, ilustrador, fue uno de los primeros en trabajar en Kamishibai en la Argentina. "Lo vi por primera en un encuentro de poesía -cuenta-. Era una noche dedicada a Japón y Amalia Sato, a quien conocí ese día, presentaba una obra de los años 50: La princesa de la luna. Quedé, como muchos esa noche, cautivado. Se armaba algo muy especial entre el silencio de la sala, las puertas desplegadas de ese teatrito de madera, la extrañeza de esas imágenes venidas de otro mundo que desfilaban una tras otra, y la presencia de una persona en la penumbra, sosteniendo ese encantamiento con movimientos acompasados, sin la menor prisa. Después participamos de las jornadas artísticas Arte y Confección en apoyo a

Brukman. Con Amalia ensayamos y presentamos un cuento de Andersen, El traje nuevo del emperador, sobre ilustraciones japonesas originales. Ahí pude sentir el vértigo de estar detrás del Kamishibai cuidando el pulso de ese ritual, con unos niños atentos a cada movimiento, a cada modulación de la voz. El mejor bautismo para ingresar al mundo del Kamishibai, en la calle, a la luz del día, en un espacio público. La potencia de este formato es la tensión entre la imagen, el sonido, la palabra y el montaje. Llegar a una síntesis en donde todos esos estímulos estén bien ecualizados no es sencillo, pero es lo que se busca. Y cuando se encuentra, ese hallazgo -dice- produce un hechizo que nos enseña cómo seguir."