Humor sin palabras

El humorista gráfico reunió 90 de sus mejores obras –ninguna tiene texto- en su libro "La pasíon de Crist". Rescata de la nueva guardia a Alfredo Sábat, Tute y Lucas Nine, y recuerda al Negro Fontanarrosa.

Tenía edad de primaria y todavía era Cristóbal Reinoso. Una maestra de la escuela Falucho Nº 18 lo hizo pasar al pizarrón. Lejos de retarlo, la orden fue que pintara la creación de la bandera para el acto del 20 de junio. "Me creía Miguel Angel", recuerda. Un tiempo después llegó el debut en primera: "Tenía 17 años cuando publiqué mi primer dibujo. La revista se llamaba Opinión Deportiva. Para un dibujante la primera publicación es pasar del amateurismo al profesionalismo. La página decía Humor por Crist. Compré doce revistas, fui al club y las repartí". Ya no era más Cristóbal Reinoso, nadie lo volvería a llamar así. El registro popular lo anotó como Crist.

Y hoy, la biografía de Crist acumula trazos en las revistas Rico Tipo, Patoruzú, Satiricón, Hortensia, El ratón de Occidente, Mengano, Súper Humor y Sex Humor, entre otras. Además, desde 1973, publica en la contratapa del diario Clarín. El rubro premios de su CV incluye el Grand Prix World Cartoon de Portugal, el Primer Premio Salão de Humor de Brasil, el Primer Premio Palestinian are Homeless de Irán y la Mención de Honor del Greek Cartoon de Grecia, por citar algunos. Por si fuera poco acaba de publicar "La pasión de Crist", su sexto libro, donde reúne 90 de sus mejores obras sin texto. Esas donde el dibujo es dibujo y, también, palabra.

¿Cómo seleccionó los dibujos del libro?
El criterio fue que quería que fueran mudos. Es una suerte de catálogo que hice. La idea del libro es como si fuera una exposición: es grande, es lindo, está muy bien reproducido. Me gusta el criterio que han utilizado para enfrentarlos, han buscado temas coincidentes, o por lo menos la técnica con lo que lo hice, para que queden bien en el conjunto. Igual pasa que no es la selección que me hubiera gustado porque he perdido mucho material en los salones internacionales donde participo. Premiados, o no premiados, los dibujos quedan allí. Por eso, a veces, hago dos versiones de cada dibujo porque se que uno lo pierdo.

-Cuando no hay texto que acompañe al dibujo, ¿es más difícil transmitir el mensaje?

Claro. A veces acierto y me lo festejan mucho. Pero muchas veces la gente se queda en bolas: ¿Qué habrá querido decir?, dicen. Entonces, ahí perdí yo porque no lo supe resolver. A veces lo pienso y digo pucha, tendría que haberlo hecho así. La gente no está acostumbrada a ese tipo de chistes. El que es un maestro para eso es Quino. Son geniales sin palabras. Para mí es la culminación del humor gráfico. Por eso se llama gráfico. Mucha gente se olvida de eso. Todos los humoristas de la última camada se dicen humoristas gráficos y para mí lo que hacen es pequeña literatura: sin los globos, esos dibujos no existen. No hay un esfuerzo gráfico. Son dos muñequitos sentados o parados. Si es humor gráfico, tenés que darle bola al dibujo.

-¿Le pasa que la gente interprete algo totalmente distinto a lo que usted quiso mostrar?
Hay veces que me han escrito lectores que se han enojado no sabés cómo.

-¿Un ejemplo?
Con uno que hice del detective de piloto amarillo, que yo hago, y el sumariante que lo acompaña. Tenían el dibujito de un chico y el inspector le dice: al fin logramos un identikit del violador, pero tenga en cuenta que el testigo tiene seis años. Bueno el tipo agarró el dibujo y le encontró un pene al dibujito. Agarró y mandó una carta a todos los del diario y decía miren el compañero que tienen, la mente perversa que tiene de poner un chico violado. ¡Nada que ver! El argumento está en el mate del que lo ve. En la época del tsunami también me pasó. Al mes hice un dibujito de uno que está llenando la pelopincho y se le forma una ola de tsunami. Me escribió un tipo diciéndome que era un hijo de puta, que no tenía alma, que cómo me iba a reír del dolor ajeno... un discurso ejemplificador. En todo caso me pongo del lado de la víctima, no del agua. Esos no tienen sentido del humor. Por supuesto que dejo abierta la puerta a la imaginación del lector, pero algunos son muy perversos.

-Usted siempre habló bien de Quino, de Caloi. Él lo definió como una persona inabarcable en la contratapa. ¿Qué piensa de eso?
Primero que somos amigos y a él le gusta lo que hago. Él, como Sabat, también es un dibujante y ve a un tipo que defiende a capa y espada un bastión, porque parece que se hubiera muerto la vocación del dibujo. A mí me encantan los dibujantes. Te repito: me parece injusto que algunos se adueñen del humor gráfico y hagan otra cosa.

-Entonces, ¿no identifica una nueva guardia?
Sí. El hijo de Sabat está cosechando premios en todo el mundo, es un avión. El Tute también intenta cosas nuevas. El mismo Liniers. Después el que dibuja muchísimo es Lucas Nine. Aparecen nuevos, no muchos, pero hay. Pero mirá de donde salen: se han criado al lado de la mesa de dibujo del padre.

-¿Le hubiera gustado estar en al página 2 de Clarín ya que venía haciéndolo con el Negro?
Es muy difícil, es un humor de mucha actualidad. Podría hacerlo, pero no son las cosas me gustan. Lo que sí me gustaría es la página de la revista (por Viva), pero no se deciden. Como es un humor semanal tiene el mecanismo de una muestra. Pero no sé qué concepto tienen, qué quieren brindarle al lector. Incluso no sería el humor que hacíamos con el Negro. Yo tengo otro humor. Hice esa experiencia porque era un amigo y por las circunstancias que estaba pasando.

-A Sendra, ¿lo ve con un humor parecido al de Fontanarrosa?
A mí me parece que tiene una gran capacidad para hacer chistes, pero no se si tiene la agudeza del negro. Yo no me hubiera puesto en una tarea tan grande, pero él se debe sentir muy seguro.

-¿Qué extraña del Negro?
Cuando hablábamos por teléfono, nos divertíamos horas. Era un tipo muy cálido. No conocemos (lo dice como si todavía viviera) desde hace mucho, cuando no lo conocía nadie. Nos dimos cuenta enseguida que era un tipo de talento, creativo. Empecé a viajar a Rosario, conocí a su madre... Un día le pregunté si hacía algo más aparte de lo que hacía para la revista Hortensia. Me dijo que sí, y me mostró el germen de Boogie el aceitoso, que se llamaba Ultra. Era un personaje que era una caricatura de James Bond y era genial. Tenía 80 páginas con todo el guión. Me daba cuenta que el guión era su fuerte: cada tres globitos había un chiste. Un tipo increíble. Mirá, el Negro resolvía todo en la cabeza y cuando se sentaba pum, pum, pum ya tenía todo. No hacía bocetos. Era asombroso. En esa época nos influenciamos mutuamente: yo empecé a agregarle texto a los dibujos y él empezó a cambiar sus dibujos. Tenía una gran capacidad de asimilación. Empezó a hacer chistes de cordobeses y los hacía mejor que los cordobeses. Era un gran observador.