Una locomotora a puro rock and roll

AC/DC brilló en River ante 66.000 personas. El show fue una fiesta de emoción, fuego y riffs inalterables para este grupo con 35 años de carrera. Repite hoy y el domingo.
Una verdadera máquina de alto voltaje, así fue la primera descarga eléctrica del grupo australiano AC/DC ante las 66.000 personas que llenaron el estadio Monumental en Nuñez.

La adrenalina por volver a ver en vivo a estos rockeros maduros, luego de 13 años sin hacer escala en Buenos Aires, cubrió las expectativas de un público fiel a la magia del guitarrista Angus Young y su inseparable Gibson SG negra.

Luego de que una locomotora, con cuernos rojos incluidos, se estrellara escenográficamente y quedara cruzada por detrás del baterista Phil Rudd, la chirriante voz de Brian Johnson (camisa sin mangas negras y eterna boina gris) comenzaba a escribir otra página de la gira Black Ice que se repetirá en la cancha de River hoy y el domingo.

La máquina de metal comenzaba a humear y la llama AC/DC se encendía con la figura del diminuto Angus, responsable de alimentar las calderas de esta locomoción rockera sostenida por el ritmo de su hermano Malcolm en la otra viola, y el bajista Cliff Williams.

Con los rockers australianos no esperen demagogia ni comunicación excesiva. "No hablo muy bien español, pero sí rock and roll" fueron algunas de las frases de Brian antes de arremeter con Hell ain t a Bad Place to be del disco Let there be Rock donde cantaba un angel (¿o demonio?) escocés que sacó pasaje al infierno: el inolvidable Bon Scott.

El guitarrista líder absorbe las miradas del estadio Rockumental (se grabaron imágenes del show para un futuro DVD) mientras cabecea cada acorde, boquea sin parar y marca el ritmo de miles de piecitos totalmente en llamas. Y hasta se dio el lujo de "seducir" a las chicas con un streap tease en The Jack donde se puso en cuero y bajó sus bermudas college para mostrar un short negro con el logo del grupo cosido sobre su trasero.

La coreada Dirty deeds done Dirt Cheap, la atronadora Thunderstruck o el embrujo de Hells Bells, con el cantante colgándose de una soga para hacer sonar una gigante campana, empequeñecieron a las canciones que presentaban del flamante Black Ice.

El atemporal paso del pato (o taco-punta-taco) del inmortal Chuck Berry tiene su pálida replica en el gran Angus que señala al público y salta de espaldas para marcar el final de varios temas. En T.N.T. (con llamaradas incluidas) y You Shook me all Night Long la voz del cantante inglés se fuerza y muestra cómo el paso de casi 30 años al frente le pasa factura.

AC/DC no aburre, aunque calque conciertos. Su ritmo contagioso hace mover el pie durante las dos horas de show tal cual como lo hizo la grotesca muñeca inflable gigante de Whole lotta Rosie.

Antes de los bises la poguera Let there be Rock movió los pocos pelos de las viejas huestes rockeras para después quedar atónitos ante el genial solo de Angus. Al final de una pasarela, de unos 50 metros de largo, el violero insignia se elevó en una plataforma hidráulica y dejó caer al piso para girar sobre si mismo mientras miles de papelitos plateados era propulsados desde los laterales de esa pasarela.

Para demostrarle a los terrícolas que le sobraba energía, fue a la otra punta del escenario y con sólo su zurda mágica dio una lección de cómo riffear.

Para los bises, Highway to Hell descubre una gema añeja de tres décadas mientras la locomotora rockera desacelera con el clásico cierre For those about to Rock (We salute you) mientras una docena de cañones despiden a pura salva a un estremecido Monumental que siguió vibrando con una serie de fuegos artificiales. ¡Dos horas de pura fiesta rockera!«