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A 16 años de la muerte de Juan Castro, un recorrido por su agitada vida, exitosa carrera e indescifrable muerte

Un repaso por la historia del periodista: su enorme talento y el lado más oscuro, junto a las dudas que aún quedan sobre lo sucedido el 2 de marzo de 2004.

La vida de Juan Castro: carrera, adicciones y una trágica muerte

Interesado en los medios desde siempre, Juan Castro visitaba durante su adolescencia los estudios de la Rock&Pop para escuchar en vivo a Mario Pergolini y Ari Paluch en “Feedback”. Un tiempo después, pasó del otro lado del dial y se convirtió, primero, en asistente de producción de ese mismo programa y luego en productor de Malas Compañías, otro programa de la misma emisora. Durante esa época también trabajó como modelo, estudió Comunicación en la UBA y se perfeccionó en locución en ISER. 

Sus primeros pasos en la televisión los dio conduciendo junto a Ari Paluch el programa Crema Americana y como parte del equipo de Telefe Noticias. Su éxito profesional comenzó con Zoo, un programa cuyo concepto él mismo había elaborado y que apuntaba a un periodismo más descontracturado. A Zoo le siguieron varios programas, tanto periodísticos como de entretenimiento. Hasta que en marzo de 2002 comenzó a emitirse Kaos en la ciudad, el ciclo que le valió dos nominaciones al Martín Fierro. Un año después era designado director creativo de la productora Endemol.

“Estuve dando un par de vueltas por el infierno y pensaba que podía salir de ahí cuando quería. Sin embargo, muchas veces me descubrí a mí mismo envuelto nuevamente en llamas”, fue su fuerte confesión a cámara.

A la par que se hacía conocida su carrera profesional, lo mismo sucedía con su vida privada. Sobre todo en relación a su sexualidad y sus adicciones, tras darse a conocer su internación en la Clínica Otamendi.  Como consecuencia de su consumo, Juan relató tener distintas alucinaciones: había sentido que tenía ratas moviéndose dentro de su estómago o piojos que le invadían todo el cuerpo. “Estuve dando un par de vueltas por el infierno y pensaba que podía salir de ahí cuando quería. Sin embargo, muchas veces me descubrí a mí mismo envuelto nuevamente en llamas”, fue parte de la explicación que dio al aire. 

Y en una entrevista para La Nación contó el motivo de su descargo: "Si hago un programa periodístico social y me encuentro con historias que tienen que ver con marginación o con gente que tiene problemas con las sustancias, me parece muy careta no hablar".

El año 2004 lo encontraba a Castro en tratamiento contra sus adicciones, pero con grandes proyectos laborales y en pareja con Luis Pavesio. El 2 de marzo Juan fue a trabajar a Endemol y a las 17.45 se fue caminando a su casa. Lo que sucedió en las horas posteriores sigue sin saberse con exactitud al día de hoy. 

Según algunas crónicas publicadas los días siguientes, el periodista llegó a su casa y tuvo una crisis nerviosa que lo llevó a romper sus pertenencias, gritar y arrojarse desde el balcón del primer piso. El golpe le provocó un edema cerebral y dos fracturas en su pierna izquierda. Murió el 5 de marzo, luego de estar en terapia intensiva durante tres días. En un primer momento la causa por su muerte fue caratulada como “tentativa de suicidio”.

En el año 2008 los peritos oficiales y de parte elaboraron un informe que afirmaba que la muerte había sido a causa de un "episodio de delirium fatal", producto de su consumo de cocaína. Según el informe, el ‘delirio agitado’ o 'fatal excited delirium' aparece en adictos de larga data pocas horas después de la última toma, caracterizándose por un cuadro psicótico agudo con euforia, alucinaciones, exteriorización de fuerza inusual y una conducta agresiva.

A raíz de esto, seis integrantes del equipo médico que lo había tratado en distintas ocasiones fueron imputados por “homicidio culposo” (no intencional) pero llegaron a un acuerdo judicial que incluyó una probation y una reparación económica a la familia. 

"Era imposible no enamorarse de su persona, era energía pura", coincidieron todos los que lo conocieron. Juan Castro dejó una marca imborrable en cada vida que tocó, en su -demasiado breve- paso por este mundo.