Anita Martínez: "A mi me conmueve lo patético de las cosas"

Fue bailarina. Dice que su hijo Lorenzo le cambió la vida. Ganó el Martín Fierro, y sabe pensar en equipo.
Mi mamá me enseño que los golpes siempre sirven para algo, que cada vez que uno se cae tiene que volver a levantarse. Ella es una actriz espectacular que no ejerce. Es una improvisadora de la vida.

Ahora estamos presentando "Histerio-Tipos", un stand up de una hora diez, donde todos los personajes masculinos son realizados por Martínez Carfi. Un paneo por todos los hombres de los cuales las mujeres nos tenemos que escapar. Un tema vigente: un clásico. Es un libro de Claudia Morales, muy divertido, con un detalle interesante: genera una causa común en las mujeres, esta cosa de complicidad, nos gusta hacer catarsis juntas. Las chicas me dicen gracias. Es un momento de celebración.

Del medio, uno de los que más me enseñó fue Fabián Gianola. Es un disfrutador del oficio y un tipo completo como actor: si hubiese nacido en Broadway no sé adónde hubiera llegado.

Me pasó una cosa muy loca. No quería seguir haciendo cosas de género femenino: hice El show de las divorciadas, Confesiones de mujeres de 30. Dije basta justo cuando me habían acercado el libro Histerio-Tipos. Lo volví a leer hace poco y no podía creer que no lo había perdido. Me imaginaba haciendo esto: no me costaba el texto. Leía y me quedaba en la memoria. Es un libro que habla como hablo yo: un texto muy decible.

A la imitación de Susana Giménez le entré por el lado de su espíritu halagador. Ella es halagadora: qué flaquito, qué lindo que estás, qué bueno, qué talentoso, te quiero Chinita de mi amor. Es una excelente anfitriona Susana.

Creo en el trabajo en equipo. Soy una mina que me gusta empujar el carro, pero para esto, tiene que haber un montón de gente. Es un engranaje este laburo.

Hay que laburar, laburar de abajo. Hacer todo. Con mis limitaciones, pero yo me formé como bailarina, estudié teatro, estudié canto. Y tengo mucha vocación de fondo. Yo sigo aprendiendo.

Desde que tuve a Lorenzo, mi hijo, en lo que pienso es en arriesgar. Ya tengo 35 años. Tengo que cosechar un poco y asegurarme un futuro como actriz. No voy a estar toda mi vida haciendo personajes, porque va a llegar un momento en que van a decir: a la vieja no la podemos seguir llamando.

Laburé diez años en TyC Sport, ésa fue mi casa.

Hay que aprender a negociar con el narcisismo. Lo que siempre quise fue vivir de mi profesión, dignamente. Y ser feliz en ese trayecto.

La técnica de improvisación la trabajé con Marcelo Savignone, que es lo más. Me enseñó algo que tiene que ver con la vida: nunca negar la propuesta del otro. Sumar la tuya a lo que te tiran y doblar la apuesta. Eso es improvisar.

Cuando salí a hacer de Gabriela Michetti tenía apenas un maquillaje. Y sabía que ella tenía el don de dar explicaciones razonables. Pensé que me iban a matar. Pero salió bien porque todos conspiraron para que saliera bien. La entrega en la improvisación es fundamental.

A mi me conmueve lo patético de las cosas.

Cuando te toca un personaje, te figurás como esa persona y todo aparece: la voz, la postura. Imitar es un viaje.

El premio, desde el más pequeño al Martín Fierro, es un mimo. No sólo para uno sino para toda la gente que te acompaña en el trabajo. Siempre te da un empujón. Me habían llevado para un trabajo, para un evento, pedí un dinero y no me habían contestado. Después del Martín Fierro sonó el teléfono. Es así.

Lorenzo tiene un año y medio. Es el motor de todo. Y la explicación de por qué pasan las cosas. Para qué se vive, para qué estamos acá. Nació y se me iluminó todo.

Yo estudié a fondo danza clásica. Con Wasil Tupin y después con Olga Ferri. Dejé todo cuando necesité vivir de mi profesión. Al principio lamenté un poco el cambio de rumbo, pero después lo agradecí.

Lo vertiginoso de este trabajo me ayuda a combatir una tendencia: le tengo pánico al aburrimiento.