¿Tenemos mucho miedo?

Amigos queridos del alma: gracias por estar allí con su búsqueda constante, que va generando estados cada vez más contínuos de dicha y claridad...

Esta semana el hincapié especial, de los mails que nos mandaron, fue el tema de los miedos, el miedo a la vida y el miedo a la muerte. Los miedos cotidianos y el gran miedo a lo desconocido. El miedo es la identificación con algo que creemos real y tenemos miedo a perder. Esa identificación siempre tiene que ver con el cuerpo. El cuerpo nos parece tan real, que todo aquello que lo amenace o lo ataque, o pueda destruirlo, nos causa pánico. El miedo a que alguien me rechace o me abandone. El miedo al dolor físico, la enfermedad y por supuesto el miedo que engloba todos los miedos: el miedo a la muerte, que significa, literalmente, perder definitivamente este cuerpo.

Es tan simple darse cuenta de lo ilusorio de este concepto. Este cuerpo que tanto nos desvela y desespera, ya lo hemos perdido, desde el mismo momento en que nacemos, estamos empezando a morir. Cada respiración que es fuente de vida, nos acerca simultáneamente a la partida. Como dijo Krishna en el Bhagavad Gita: "El nacimiento implica muerte". Esto es para entender que vivir y morir son dos caras de una misma moneda, una convive con la otra, y demuestra la irrealidad de esta telenovela perfecta, tan perfecta, que parece la única y verdadera.

El cuerpo tiene un tiempo biológico para moverse y expresarse en este planeta tierra. Es el vehículo preciado del alma que lo utiliza para experimentar personajes y situaciones en este trayecto, condicionado por leyes materiales que hacen que después de un tiempo, esa misma alma va cambiando de vehículo, así como nuestro cuerpo cambia de ropa.

Nos hemos identificado tanto con esta cáscara, con este maquillaje fascinante, que no queremos perderlo. Es una ironía, porque ni siquiera lo cuidamos en vida; pero no queremos que muera. Descuidamos el balance biológico, lo deterioramos antes de tiempo y cuando intuimos que se acerca la partida, nos aferramos con garras y dientes a los últimos jirones de cuerpo que nos quedan. No hemos sabido vivir, y no nos queremos morir. El ego se desespera, y el alma se regocija, porque sigue su camino de experimentación de lo irreal, rumbo a la esencia y la verdad.
Cada nacimiento debería acercarnos más a la expresión conciente de nuestra divinidad, sin embargo estamos bastante estancados. Y seguimos naciendo y muriendo, sin darnos cuenta de quienes somos.

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