¿Cómo es Valientes en teatro?

Si bien el programa de mano señala como autor de esta pieza a un tal Harold Lynn, se trataría de un seudónimo que oculta la identidad de un escritor nacional. Así, los protagonistas del éxito televisivo Valientes (El Trece), Gonzalo Heredia, Luciano Castro y Mariano Martínez, llegan al teatro con una comedia de enredos que respeta el nombre de sus personajes, pero que cuenta una historia autónoma, que no se priva de algunos guiños para los seguidores de la tira.

La platea, poblada en su mayoría por mujeres, explota en aullidos apenas las luces bajan y comienza a sonar la cortina del programa. Decenas de manos alzan sus cámaras de fotos y celulares, para capturar la imagen del trío cuando sale a escena. A metros del mar, en el teatro América, los hermanos Sosa causan sensación. No estamos frente a un recital. Pero para el público, parece importar poco de qué se trata lo que sucede sobre las tablas. Los momentos más festejados de la obra son aquellos en los que los protagonistas, a partir de situaciones provocadas por la propia trama, quedan en ropa interior y exhiben sus torsos desnudos, musculosos y tatuados. Entonces, las chicas estallan.

El disparador de la historia que se cuenta es Huevo (Alejandro Muller), quien se metió en un enredo que finalmente involucra a todos. El lleva al taller mecánico a Nicolai, un potencial comprador ruso (Carlos Romano), que ofrece 400.000 dólares por la propiedad, pero todo es una excusa para que, con cambios de vestuario y hasta una coreografía de reggaeton, se ponga en el centro de la escena a los tres galanes del momento. Si se concreta la venta, los muchachos estarán salvados. Pero una serie de equívocos complica las cosas.

Graciela Tenembaum interpreta a Máxima, la prometida de Huevo, pero lo hace con una voz demasiado chillona. Laura Cymer (como Anastasia, la hija de Nicolai) y Sabrina Rojas (Martina, la mujer del ruso) son quienes encuentran el mejor tono para sus personajes.

No hay engaño, porque de eso se trata: que los seguidores de la tira televisiva tengan la ocasión de asistir, sólo por el valor de una entrada, a la ceremonia de verlos en vivo, fotografiarlos y, sobre el final, hasta intentar aproximarse al escenario para tocarlos (pero difícil sortear a los acomodadores y la seguridad). Lo objetable es que, como suele ocurrir casi siempre con el traslado de las series televisivas al teatro, es que no haya intención de ofrecer un espectáculo con una trama más consistente, que no subestime a la platea, y con actuaciones más logradas.

En escena, el acento que adopta Martínez para construir a su personaje, por momentos, vuelve a su discurso ininteligible. A Heredia no se lo ve siempre cómodo en su papel y el recurso más logrado de Castro es su manera de exhibirse. Y los tres están demasiado contaminados con sus tics (como la excesiva manía de Heredia por acomodar su pelo). Al terminar la función, los aplausos de pie, sin dudas, no parecen afectados por la presencia de un buen texto ni de elogiables interpretaciones. Pero dejan en claro que los actores no han decepcionado a su público.«