¡Cambiá esas sábanas!

La prolijidad y la limpieza no siempre pasan por nuestro propio cuerpo. A veces una cama descuidada o una habitación sucia pueden espantar al amante.

Vino Sandra, se paró adelante mío, me miró, se miró un par de dedos de la mano, me los mostró, hizo el gesto de metérselos hasta el fondo de la garganta y vomitar. ¿Tan feo era? Le pregunté. Y vaya respuesta me dio: "feo no, sucio".

Enseguida pensé, se trata de un muchacho poco amigo del agua y el jabón. Pero no, no, no, según Sandra es bien pulcro, limpio y perfumado, aunque sólo en su persona. O sea, en lo que respecta a su propio cuerpecito. Pero quién lo diría, entrar a su casa es una prueba para estómagos sensibles.

Así que están por tener sexo por primera vez y Sandra va totalmente desprevenida a su departamento y cuando el galán prende la luz, se confirman todas las sospechas que ya le estaban entrando a Sandra por la nariz. El departamento era un asco. Oh.

El hombre no nota nada: ni la mugre a su alrededor, ni las incipientes arcadas de Sandra, y se la lleva para la cama mientras le arranca la ropa. Pero ella no puede pensar en otra cosa que en el espanto de caer sobre esas ¡sábanas inmundas!

"¿Por qué no vamos al sillón?" pide ella. "Me gusta más en el sillón", insiste. Y van, pero el sillón no está en mejores condiciones que las sábanas. Ni hablar de la posterior experiencia de pasar por el baño: casi aterradora. Olor, mucho olor. ¡Dense una idea!

Como sea. La escena de amor se arruinó, al menos para Sandra, por la mugre de la casa de su coequiper. ¿Qué hacer en estos casos? ¿no vas nunca más a su casa? ¿cómo le decís a alguien que es intolerablemente roñoso? ¿lo dejás de ver para siempre antes de hacerle semejante comentario? ¿hacés un ring raje y le dejás un montón de productos de limpieza en la puerta?