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Luego de 20 años en el exterior, el director Jorge López Vidal regresó al país con la obra "La cabeza contra la pared". Con ritmos latinoamericanos y canciones especialmente compuestas, apuesta a la metáfora de un poder desnudo para generar conciencia y lucha ciudadana. Una pieza que va desde el tango y la Bersuit hasta el "No a las minas y a las papeleras".  
La calle. Piquetes. Cacerolas. No a las papeleras. No a las minas. Hotel Bauen. Marchar, esa es la cuestión. Ese mensaje destinado a recuperar la calle, ejercer la ciudadanía, es el que busca transmitir "La cabeza contra la pared", la obra que corrió el telón el miércoles en el Teatro La Ranchería (México 1152) y que marca el regreso a la Argentina del director Jorge López Vidal luego de veinte años de trabajo en el exterior. La pieza, que apuesta a la metáfora de un poder desnudo y recorre los círculos rituales y corrosivos de un mundo degradado, muestra a un ser humano cohesionado por una sociedad que asocia, al hombre de poder, la imagen del todo poderoso e inmaculado al que es ley someterse.

"Lo que quisimos mostrar es cómo era un jefe si lo desnudamos. Porque, si lo desnudás, ves que es un tipo igual que cualquiera. Queríamos mostrar eso, transmitir que tenemos que dejarnos de joder y ejercer la ciudadanía para construir un mundo mejor. Eso es lo que pensamos", asegura López Vidal, mientras recibe las felicitaciones de críticos y amigos que coparon la pequeña sala del coqueto teatro en donde el escenario se funde con la platea. Por ahí andan también, ya cambiados, claro, Daniel Di Cocco, Luis Mancini, Gabriela Murúa y Miguel Angel Polizzi, los protagonistas.

Una pequeña silla forrada en rojo haciendo las veces de trono, una bañera, un perchero y una pantalla grande que muestra un Congreso patas para arriba. Esa escenografía alcanza para que un jefe de mayordomos, su hijo, un aspirante a trompa y una mucama desengranen la obra. Mayordomo magnánimo con bastón de mando y cinta "presidencial". Mayordomo al que un día le llegó la hora del baño. Deberá desnudarse para entregar sus ropas, su voz de mando y, sobre todo, su poder. Allí, desnudo, en la superficie, sin la vista panorámica que le ofrece el trono, se verá igual a todos. Lo verán igual a todos. Un mortal más al que alguna vez le dieron poder. Pero, ¿qué papel juegan los que ven a ese Adán que ya mordió la manzana? Seguramente harán lo mismo que él hasta que llegue otro para desnudarlos a ellos.

Es ahí cuando emerge el hay que marchar, ese yo ciudadano que deberíamos tener todos. Las imágenes muestran las banderas y las caminatas de los vecinos de Catamarca y de Gualeguaychú. Di Cocco, Mancini, Murúa y Polizzi también marchan con optimismo dispar. Con convicción por momentos, con miedo a veces. Con incertidumbre. Con compañeros que cuando llegan se dan vuelta y comienzan a dispararles. Hasta que uno se pregunta: "¿Qué harán cuando ya nadie marche?". Eso, ¿qué harán?. La Argentininidad al palo de la Bersuit los despide. El aplauso también.