El gran agitador de la cumbia letrada

El Grupo Planeta arriesgó con la edición de "El curandero del amor", sus últimos relatos de realismo atolondrado, incorrectísimos, que buscan "provocar en el mejor sentido", dice el joven escritor que tiene su propia editorial cartonera. De la pollería Carlitos del Abasto a la pizzería de la Boca, un rato en la vida del personaje más injuriado y celebrado de los que escriben hoy. La punta del iceberg de un "registro bajo" que se extiende.

Meta gira
"¿Te gustó el libro?, bueno, mejor así, porque lo escribí casi en un mes", lanza Washington Cucurto al ratito de cruzar la puerta de su casa en Almagro, para arancar una mini-gira por los escenarios donde sus relatos ocurren. Los de El curandero del amor los escribió en poco tiempo, fiel al "realismo atolondrado" (como le gusta llamar a su género), en los barrios border de Buenos Aires, más allá de su ubicación en el mapa. Once, Constitución, Plaza Italia, La Boca. Bailantas y telos. Conventillos y la mismísima calle.

"Pernoctar de lo lindo abrazado a ella, que es lo único que quiero, que es la única fortuna a la cual puede aspirar un muñeco como yo en este mundo de Al Qaeda y el Señor Texas y su títere del Sur, una letra horrible, kiosquera: el señor K". Escribe en el relato Homenaje a Juanele.
Después dirá que lo hace para divertirse, que la inclusión de sus amigos del mundo literario -algunos con nombre propio- es un juego, que critica a los políticos "con respeto" y que dice cosas muy incorrectas, incorrectísimas, para "provocar en el buen sentido", impulsando una reflexión. No es la primera vez que lo hace. Zelarayán (1998), su primer libro de poemas, terminó en una fogata por "denigrante, xenófobo y pornográfico"; en La máquina de hacer paraguayitos (1999) y Oh, tú, dominicana del demonio (2002) relató el universo de los inmigrantes ilegales en una Buenos Aires tan europeizada. Después se editaron 20 pungas contra un pasajero y La Cartonerita (2003), Hatuchay (2005) y las novelas Cosa de Negros (2003, reeditado) y Las Aventuras del Señor Maíz (2005).

El boom
Este año, en cambio, sus personajes zarpados, sedientos de sexo, cerveza y cumbia, frecuentadores del lumpenaje recorren las librerías en masa de la mano de un montruo editorial. Emecé, del Grupo Planeta, con mesas de presentación y publicidades en las revistas, está llevando su foto "de pelo carpincho" a la mesa de luz de una mayoría que nunca se había fijado en él. Y su curandero, que -ay- es un chanta que practica abortos, puede llegar a ser un best-seller.

"Ahora me conocen en el barrio, ya estoy como el Burrito Ortega", suelta entre divertido y preocupado por la exposición que reconoce inevitable. Casi una condición del fenómeno. Aunque su estilo y su voz son personales, los de siempre; acompañados de una erudición para muchos impensable. Pero cierta: "Mi mamá vio el libro en una vidriera del shopping Abasto, entró y le dijo al vendedor: ¿Sabe que ése es mi hijo? El el tipo la felicitó: es buen escritor dijo", cuenta Cucurto, tomándose una Coca en el Restaurante y Pollería Carlitos , del mismo barrio.

"Lo que pasa es que yo uso registros clásicos, pero deformados, y los críticos no se dan cuenta. Ahí en el libro hay un relato que es como Cervantes y otros con la estructura del relato de Puig o Copi, porque yo leí mucho", aclara. El último relato del libro, El Ejército Neonazi del amor, tipeado durante su estadía en Alemania, donde fue becado, tiene un tono de denuncia, "como los de Rodolfo Walsh", explica.

Las tikis
"El secreto es no discriminar", dice el Cucurto al que le gustan todas. Las dominicanas prostitutas, las chichis progresistas que descubrió en alguna marcha, las "princecitas del amor" que van a los talleres literarios: "rubiecitas de ojos claros, 14 y 15 años, que tienen gestos pizarnikianos". Pero a la hora de la verdad, "que bailen bien, que sean latinas", les exige. De las vedettes famosas -tienen que ser vedettes, grandotas, no modelos- sueña con Belén Francese: "¡tiene un cuerpo esa mujer!", se entusiasma.

Estación cartonera
La próxima parada es el jardín de infantes donde su hijo Baltazar está en salita de cuatro. Después, La Boca, el barrio donde hace poco se mudó la Editorial Eloísa Cartonera que dirige. "Acá caimos bien a la gente, es como una pequeña Cuba, los pibes van de casa en casa. Sí, me mudaría acá. En el club hay una biblioteca con muy buenos libros, para que la gente los lleve a la casa y los lea". ¿Y después qué? "Espero que los de Planeta me compren otro libro, sino me voy a tener que poner a trabajar", bromea.