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¿Cómo cambio mi vida?

¿Cómo aquitar la mente? ¿Cómo dejar de preocuparnos por la mirada ajena? ¿Cómo empezamos a ser libres? Por Claudio María Domínguez.

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Esperábamos comentarios por que los temas son movilizadores, pero nos superó el aluvión de entradas. Gracias por su amor, su opinión, sus preguntas inteligentes, su crítica respetuosa, su aporte contínuo desde la Argentina y desde los rincones más insólitos del planeta. Sigan nutriéndonos de ese modo.

Es conmovedora la búsqueda a veces desesperada de la gente que quiere lograr algo más sustancioso que la expectativa diaria de como distraer a la mente o de cómo obtener la aceptación del mundo. Sin embargo, nos cuesta tanto dejar de negociar todo el tiempo, lo más preciado que tenemos en este juego, que es la libertad.

Queremos poseer al otro, y en ese mismo acto, instantáneamente nos perdemos a nosotros mismos. Creemos, con una mente afiebrada que el otro en un punto nos pertenece, un hijo, una pareja, aquel que el día nos traiga, e intentamos que nuestras creencias se impongan sobre él; creencias absolutamente fallidas por otra parte, porque jamás nos hicieron felices a nosotros mismos, y a pesar de eso, las seguimos repitiendo en forma reiterada, automática, patética, como queriendo convencernos de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Seguimos dependiendo de la mirada de los otros, del gusto de los otros, de la opinión de los otros, seguimos comprando y vendiendo, nuestro derecho a ser apreciados, convocados, considerados. Queremos gustar afuera porque todavía no hemos descubierto nuestros tesoros internos, los únicos reales, los recursos ilimitados, con los que vinimos a este plano, y que todavía permanecen dormidos, en estado de hibernación, o de amnesia que ya se pasa de transitoria.

Mentimos, negociamos, especulamos, podemos hacer de todo con tal de que el otro no se vaya de nuestras vidas, o en todo caso, se vaya cuanto antes, para que aparezca otro. Sigue la búsqueda de muletillas, para tapar, con mascaras y maquillajes, los tesoros, ocultos, en nuestra conciencia.

Es hora de ir despertando, de crecer con firmeza y dicha, de hallar el deleite de esta experiencia, en el planeta, lugar perfecto, para haber experimentado primero el contraste de lo que no somos, para zambullirse en plenitud en lo que siempre fuimos, pero hasta ahora no nos hemos atrevido a vivir.

Hay muchos seres sublimes en el planeta ayudando a abrir corazones y cabezas, obviamente parecen mínimos al lado de todos los otros que intentan seguir sometiendo al adormecimiento a las masas para que justamente la gente no recupere lo único que le haría desaparecer el negocio a la sociedad de consumo: la libertad. Una persona libre ya no tiene miedo, ni culpa, ni se desvive por tener esto o aquello, por que la llamen para recordarle que está viva.

Una persona libre, sabe la verdad, la comparte, la disfruta, la transmite, sabe que es el héroe de su historia, y no el mendigo o la victima de lo que otras cabezas adormecidas le hayan hecho.

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