La edad de la inocencia - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

La edad de la inocencia

Norma Aleandro, el director Marcos Carnevale y la debutante Alejandra Manzo hablan de la película que cuenta la odisea de una joven con Síndrome de Down cuya madre muere en el ataque a la AMIA en julio de 1994 y deambula, perdida, por la ciudad.

Anita tiene Síndrome de Down y una capacidad asombrosa para adaptarse a las circunstancias. Desconoce el significado de la palabra bomba, hasta que un 18 de julio el artefacto que ignora estalla en la AMIA y su madre no aparece más. Deambulante en una ciudad poco amistosa, su inocencia funciona como alegoría del horror que todavía nadie puede procesar. Mañana llegará al cine esa historia de Marcos Carnevale que Norma Aleandro juzga como punto de ruptura en un cine argentino que "evita" ciertos tópicos.

Con la debutante Alejandra Manzo en el cuerpo de Anita, el realizador de Elsa & Fred reincide en una trama sensible, pero esta vez aúna temas tan frondosos como esquivados en pantalla grande. La mirada de quien tiene Síndrome de Down y la de las víctimas indirectas del atentado. "Evité el desborde permanente y el dolor exacerbado", advierte Carnevale, que curiosamente iba a moldear su historia en España, en el marco del atentado de Atocha y con el autismo como eje.

El golpe de timón hacia el espanto local tuvo que ver con una "necesidad de repudio", asegura, pero teñida de "pudor y miedo por no ser judío. No quería que la gente de la comunidad judía pensara que era un intruso. Un día fui a ver al presidente de AMIA en aquel momento. Tenés mi visto bueno. El que no seas judío universaliza el tema, me dijo. En definitiva, yo quería sostener que la bomba no se la pusieron a los judíos, nos la pusieron a todos".

Manzo (36 años) jamás actuó frente a una cámara (ver Alejandra...), y su frescura "no contaminada" la llevó a adueñarse del papel de hija de Aleandro. "La había visto en El hijo de la novia", avisa enérgica, mientras Aleandro y Carnevale la acarician y consienten como deslumbrados por su pureza. En la primera prueba de cámara, detalla Manzo, alguien le habló de un "perrito muerto" y ella arremetió con su dramatismo y ganó el rol protagónico.

En la historia, la muchachita tuvo que jugar a "no entender muchas cosas", cuenta Carnevale. "Es muy despierta y entendió que debía componer a una Anita que tiene dificultades que ella en la vida real no tiene", explica Aleandro, madre omnipresente en la ficción, "pendiente y cuidadosa de cada cosa que necesita y debe o no debe hacer su hija".

Tremendo disparador histórico sirve para vestir de metáforas el cuento: una joven con hambre que no recuerda su dirección ni teléfono mientras su hermano (Peto Menahem) la cree muerta en la catástrofe. Perdida, termina conviviendo con coreanos, con personas pobres, con un fracasado incapaz de amar y abre el juego acerca de qué es realmente la discapacidad y quién tiene mayor capacidad de adaptación. "Que ella quede desprotegida habla de nosotros en cierta forma: todos quedamos igual", considera la actriz que hoy sube a escena con Agosto.

"El personaje de Anita no juzga. La gente con Síndrome de Down no tiene prejuicios. Vive en tiempo presente todo el tiempo. Entra a la casa de un coreano y vive como coreano. Entra a la casa de alguien que sólo tiene agua y sólo toma agua", analiza Carnevale. "Cualquiera de nosotros en situaciones así estaríamos en permanente pánico. Ellos, en cambio, se adaptan al ahora y al acá... Y nosotros pagando fortunas por psicoanalistas para que nos enseñen a vivir".



¿Por qué el lugar de la inocencia de Anita para contar un capítulo negro como el atentado a la AMIA?

Carnevale: Porque ellos son símbolos de la incomprensión. Se los cree gente incapacitada de comprender ciertas cosas. Y lo que se cuenta es que al final, sin padecer ninguna discapacidad, otros no comprenden este tipo de atrocidades. Menos el pariente o amigo de la víctima. Fijate que Anita no lo entiende, pero su hermano tampoco. Ella es el símbolo de todos nosotros. E hilando fino, ella representa las capacidades diferentes que tenemos todos.



¿Llegaste a pensar en algún punto que la conjunción de dos temas tan fuertes podía llegar a ahuyentar o asustar al espectador?

Carnevale: No. Me di cuenta que tenía mucho entre manos, pero al escribir, escribí sin coartarme. Después le apliqué un programa de economía total. Evité el desborde. No todo es drama en la historia, como pasa en la vida.



Norma, ¿creés que el espectador argentino está abierto a recibir dos tópicos tan fuertes?

Aleandro: Está preparado. Yo soy positiva, porque nuestro país es un país de buena gente, de grandes emprendimientos solidarios en malas épocas y gente abierta. Particularmente me interesó movilizar de nuevo el tema porque ha quedado mal ubicado en la justicia. En la investigación ha habido muchos palos en la rueda y vale la pena que nos ocupemos de esa gran injusticia. No vamos a estar tranquilos hasta que un día se esclarezca lo que no tiene sentido: que alguien no tolere la vida. Por otro lado, durante el rodaje Alejandra nos hizo bien, nos dio alegría, nos integramos fácilmente. Quien no trate a criaturas así, se las está perdiendo.



¿Por qué no es frecuente el tema del Síndrome de Down a lo largo de la historia del cine nacional? ¿Se esquiva?

Aleandro: No es habitual a tratar en la historia del cine porque ni se trata en nuestra historia en general. Dejamos de lado a parte de la población en todos los aspectos. No he visto una sola película donde se integre. Como tampoco ocurre en los trabajos. Y no se tiene en cuenta que se crece al tener relación con gente que tiene una mirada distinta.

Carnevale: No me considero pionero en mostrar el Síndrome de Down en el cine. Quizá fui el primero en hacerlo así y si lo fui, no sé si esto marca algo. Ojalá sirva. Yo tenía mucho miedo de que si el personaje con una discapacidad lo componía una actriz, la gente dijera Qué bien está esta actriz y eso funcionara como elemento de distracción para el espectador. Me pasó mirando Rain man, con Dustin Hoffman, o Mi nombre es Sam, con Sean Penn. Ellos se comen la historia y están por encima del cuento.

El director de Elsa & Fred y Tocar el cielo y autor de Valientes (El Trece) recuerda que la explosión en la calle Pasteur le tocó de cerca y tras haber presenciado el horror, de algún modo las escenas quedaron girando en su inconsciente por más de una década. "Estaba en casa y llamó un amigo de Córdoba que tenía un sobrino a una cuadra de la AMIA. Corré a ver si está, me pidió porque los teléfonos no funcionaban. Tomé un taxi, corrí, pero ya estaba todo vallado", repasa. "Avancé hasta donde pude y recuerdo haberme topado con el espanto. Como la escena de una guerra. Después, la persona que yo buscaba apareció. Pero me recuerdo hipnótico mirando el llanto". Y agrega: "Me genera casi una pregunta filosófica: no puedo entender que todo se acabe en un segundo. Porque uno cree que es como en las películas norteamericanas donde se anuncia que viene la bomba, pero todo cambia en un instante y sin previo aviso. Ahí están las historias".

Las tomas de la recreación del atentado que dejó 86 muertos, llevaron dos días de rodaje, dos meses de post-producción y un mes de intensa preparación de efectos especiales y trabajo de extras. En total, 750 personas participaron del filme, en el que se intentó recrear el año 1994, en el marco de episodios como el Mundial de los Estados Unidos. El cometido, aseguran sus hacedores, no era retratar "la circunstancia política ni relatar cómo estalló la AMIA", sino la historia común de "cualquier familiar de las víctimas". "Se dispara todo el tiempo la pregunta, ¿Y esta gente que está pagando?".

Cuenta Carnevale que cuando definió su ambición por contar con la actriz de La historia oficial, le pidió "la oportunidad de un té nomás. El no ya lo tenía ganado y sin embargo me recibió con unas galletas maravillosas que ella prepara. Y se produjo la magia", relata casi cinematográficamente, mientras Manzo lo escucha paciente y por lo bajo admite pícara que se enamoró secretamente de un técnico del set.

"El pajarito de la publicidad que vuela y se posa en el nombre de Anita lo refleja todo. Eso es lo bello de ella: nada más parecido a ese alma pura", suelta Aleandro como una madre conmovida. Esa madre guerrera en la ficción, que de un día para otro se esfuma sin explicaciones, dice que imaginó la historia como una Odisea moderna: "un viaje a lo largo de la película que comprende un aprendizaje". A lo que Carnevale agrega: "Inicialmente pensé que el protagonista que vuelve a casa debía ser Uli, por Ulises de La Odisea, aunque una mujer encajaba mejor. Pero al fin de cuentas también pensé la historia así, como analogía".

Hora de cóctel, de avant premiere, de aluvión de celebrities y de camino a la fama para Manzo, que se vistió con lo mejor que tenía y salió a encarar los flashes con la soltura de una actriz consagrada. Mientras le pintan los labios, Aleandro no ahorra en elogios. "Su trabajo fue excelente. De gran espontaneidad y alegría. Tiene mucha expresividad y un carácter tan fuerte como amoroso que nos hizo simple el camino". Y en ese cuadro casi maternal, Alejandra (que aparenta físicamente varios años menos y en las calles fue rebautizada Anita tras tanta promoción), se despacha con un presagio de una convicción envidiable: "Creo que me voy a ganar muchos premios. ¿No?".

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