Historias mínimas (y femeninas) - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

Historias mínimas (y femeninas)

La colombiana Margarita García Robayo, que tiene 29 años y vive en Buenos Aires, presenta en su primer libro un entramado de historias de nueve mujeres.

Quien haya leído Sudaquia -el blog de Clarín en el que recopiló, durante un año y medio, historias y anécdotas relacionadas con América Latina- o quien siga religiosamente sus columnas en Crítica de la Argentina -en las que que, a la manera de Clarice Lispector en el Jornal de Brasil, se sirve de la crónica, la estira y la convierte en un género mezcla de literatura y periodismo- sabe que Margarita García Robayo tiene una especial sensibilidad para descubrir y narrar detalles.

En su primer libro, Hay ciertas cosas que una no puede hace descalza (publicado por Planeta), esta colombiana que hace unos años adoptó Buenos Aires aprovecha la libertad que ofrece la ficción y desarrolla todavía más esa virtud para contar un día en la vida de nueve mujeres que miran el mundo desde lugares muy diferentes. Ellas, las protagonistas de cada apartado -Rina, Julia, Miriam, Sofía, Susy, Diana, Beatriz, Mary y Lili- se conocen o no, se cruzan, se ignoran o influyen en la vida de las otras aunque no lo sepan y sufren por amor o por el miedo a la soledad: en eso, claro, se parecen todas.

¿Cómo fueron apareciendo las historias?
Aparecieron de manera aislada, pero casi al terminar la primera, que fue Lili (la última en el libro) pensé que me gustaba la idea de que una escena que ella veía a través de una ventana formara parte de un relato completamente distinto, que no tuviera nada que ver con ella y que la involucrara muy tangencialmente. Desde el principio me di cuenta de que no quería contar solamente historias unitarias. Es decir: me gustó que funcionaran como cuentos, que no dependieran entre sí para entenderse o complementarse, sino que encontraran en el recurso de los vínculos un mecanismo para hablar de lo que realmente quería hablar en ese momento, de una especie de soledad sistémica que, así como atraviesa todos los relatos del libro, atraviesa también muchas vidas que no tienen ninguna coincidencia entre sí, salvo la de pertenecer a una sociedad equis.

¿Por qué aparece con tanta insistencia el tema de la soledad?
Porque literariamente la desesperanza es un tema que me atrae muchísimo. Como lectora y como escritora me gusta todo eso que pasa después de que algo se ha roto o malogrado y no existe ni la manera ni la intención de reconstruirlo. Las relaciones de los personajes del libro con su entorno ya son duras y conflictuadas de movida; y lo que me parece interesante es mostrar, desapasionadamente, cómo se convive con eso, cómo se lo lleva. La elección de personajes femeninos tuvo que ver con esto: una mujer lleva la "soledad" o la frustración o la incomprensión de una manera que estética y narrativamente me atrae más que la manera en que lo llevaría (en mi cabeza) un personaje masculino. La imagen de un hombre solo, frustrado, incomprendido, por lo general –independientemente de lo bien lograda que esté– me tira hacia el lado del patetismo. Y el patetismo es algo muy digno de ser explorado, pero en este libro me interesaba explorar otra cosa: la sutileza, la dignidad genuina o impostada, o la entrega dolorosa con que ciertos personajes llevan situaciones duras.

¿Todas ellas tienen algo de vos o de mujeres que vos conocés?
Creo que más de otras mujeres, pero de todas formas me parece que, en última, todas son interpretaciones de gente que imagino parte de ese universo narrativo que, como casi todo, encontró su impulso en situaciones o imágenes o personas reales. Pero no creo que o me parezca mucho a ninguna, creo que todas tienen cosas que extraje, más que de mí, de otras mujeres que no necesariamente conozco. Hay una sola, Miriam, que podría tener su correlato en la "vida real", pero tampoco es del todo fidedigna.

Contás historias de mujeres siendo mujer, ¿le tuviste miedo al estigma de la chick-lit?
Le tuve pavor. Al principio realmente me atormentaba la idea de que dijeran que hacía chick lit. No porque tenga nada en contra de quiénes lo hacen –tampoco a favor porque honestamente no conozco mucho el género–, sino porque en general detesto las etiquetas. Las etiquetas en la literatura son como los prejuicios en la vida real: te invalidan de entrada, no te dan la opción de mostrarte, se anticipan. Pero sólo caí en cuenta de que al libro podía pasarle todo eso cuando lo terminé (hace más de dos años), ¿y entonces qué iba a hacer? ¿no sacarlo por temor a que lo confundieran con algo que no era? Eso era todavía más prejuicioso... Por suerte, al final me convencí de lo que, para cualquiera con menos neura que yo, debe ser bastante obvio, y es que los libros no son tan vulnerables como uno piensa; y que una vez salen allá afuera encuentran su camino, sus lectores, y no necesitan que uno salga a defenderlos.

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