En busca de un poco de felicidad - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

En busca de un poco de felicidad

El jueves estrena un nuevo unipersonal, "Al que le toca... le toca". Aquí repasa sus casi treinta años de carrera.

La Paternal, acechada por la cercanía de barrios más lustrosos, un poco a contramano, mantiene ciertos climas que alejan el barrio de la pátina de la modernidad. En una de esas calles, detrás de una fachada con portón que podría dar lugar a alguna fábrica o un taller mecánico, abre la puerta Hugo Varela. Patio, pastito, parrilla y al fondo, una instalación sin paredes internas, de tres o cuatro pisos -había efectivamente allí una gran carpintería-, cruzada por escaleras. El loft es muy grande, con escenario y taller propio.

 En el taller, una prolija ferretería con espacio de supermercado, el músico y humorista ensaya y diseña los instrumentos con los que arengará a seguidores y curiosos, otra vez, desde esta semana. Allí, entre llaves francesas, panderetas, martillos, moldes de madera y timbales, está la lista de temas de Al que le toca... le toca, que estrena el jueves.

"Como siempre, habrá tango, folclore y música más festiva, el carnaval carioca que no puede faltar. Presentaré en sociedad nuevos instrumentos, de los que no puedo adelantar mucho: no hay nada más aburrido que un instrumento explicado. Con mucha participación de la gente, eso me interesa. En medio de la crisis mundial, con Boca y River alejados del título, el invierno a pleno, si logramos un buen rato de sonrisas, el trabajo se justifica", dice Hugo Varela.

Es cordobés con vuelo propio: algo del humor provincial lo sostiene al fondo de su discurso, pero él genera una comicidad que pudo haber surgido en Bahía Blanca o Fiambalá. Es, más que nada, un buen relator de historias: eso busca con cada canción que va y viene del delirio. "Trato de entender cada tema como un momento dramático, con su propia estructura. El otro día, tenía una canción de amor entre manos, que estaba bien, pero hasta que no entendí que ese tema lo tenía que cantar un borracho, el efecto no aparecía", cuenta. Define a su labor como un humor fino que no se nota, que busca no parecer fino. No le va mal si pensamos que está a punto de cumplir treinta años de oficio. "Empecé en la dictadura: malos tiempos para andar con barba y llevando estuches extraños de un lado al otro", cuenta.

Hizo de todo. Diseñaba shorts de baño para un turco de Once, tenía alumnos de guitarra, animaba infantiles, llegó al teatro Payró como actor serio con la obra Arenas que la vida se llevó y como mimo -formaba parte de la compañía de Angel Elizondo- frecuentó incluso la sala Martín Coronado del San Martín. "Guarda...", dice, para darse corte, mucho tiempo después. Hizo pie en el oficio actual durante un verano de Villa Gesell, en un boliche de amigos llamado Calígula. "En pareja con una psicóloga, el show tenía más lenguaje que música", recuerda. Después -tras frecuentar los laboratorios de varios maestros de teatro- encontró el tono. El jueves vuelve a salir a la cancha. Solo contra el mundo, dispuesto a pasarla bien.

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