Colonia Aborigen que lucha por su futuro - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

Colonia Aborigen que lucha por su futuro

En el lote 38 de Colonia Aborigen (Chaco, norte argentino), un grupo de tobas y mocovíes intenta sobrevivir al desastre provocado por la tala desenfrenada, la contaminación y la sequía. En tierras de la tristemente célebre "Masacre de Napalpí", Jacobo y los suyos, ayudados por ONGs, buscan recuperar el bosque perdido.

Para acceder a la Colonia hay que tomar la ruta provincial que une Quitilipi con Villa Berthet. Luego, bajar de la ruta pavimentada y atravesar un puente que permite cruzar el "canal Tapenagá", una costosa obra construida con financiamiento internacional que se extiende cientos de kilómetros hacia el sudeste del Chaco y se construyó un lustro atrás con la pretensión de evitar que las lluvias inunden la ciudad de Sáenz Peña y los campos aledaños, y, a su vez, almacenar agua para las épocas de sequía. Por lo que se puede apreciar a simple vista, la obra ha resultado inútil en su segundo objetivo: el canal está totalmente seco.

Una vez cruzado, aparece el llamado "territorio aborigen". Las comunidades Qom (tobas) y Moqoit (mocovíes) que allí viven, lograron tras un larga lucha el título de propiedad comunitario sobre las 20 mil hectáreas que comprende lo que antiguamente fue la "reducción de indios Napalpi", creada por decreto del gobierno nacional el 21 de julio de 1912 con el objeto de "incorporar a los indios a la civilización del país".

Al ingresar se abren paso una decena de construcciones con paredes de ladrillos y techos de chapa, entre las que se destaca el templo -lugar de culto y reuniones-, un salón de usos múltiples (sin techo por culpa de una tormenta), que es lugar de peregrinaje para recoger un poco del agua que aún queda en su aljibe, y algunas casitas construidas por los aborígenes con sus propias manos, mediante la ayuda de un programa nacional de viviendas. Allí viven y trabajan los integrantes del clan de "los Ramírez". A unos 20 metros está el corral con las vacas encerradas, pese a lo avanzado de la hora. No las han llevado a pastar, como cada mañana, porque quieren mostrarlas con orgullo a la visita. Luego de la entrevista, Jacobo y su hermano se prestarán gustosos a fotografiarse junto a su preciado rebaño.

Los plantines con las especias autóctonas trasplantadas están también cerca de la casa y del pozo familiar, para facilitar el riego a mano. El predio de la forestación -de unas 2 hectáreas- cerrado por un boyero eléctrico, alimentado mediante una pantalla solar proporcionada por el INDES, que también presta asistencia técnica. Jacobo, apenado, muestra el efecto de la seca. Muchas plantas, transplantadas seis meses atrás, no sobrevivieron. El resto resiste los embates del viento norte y los insectos. La poca agua del pozo familiar se reparte equitativamente entre las personas y las plantas. Se saca a mano, mediante un balde y una cuerda. La sequía ha inutilizado una pequeña bomba que funciona con gasoil y un tanque elevado de reserva.


Esperanza

Jacobo Ramírez habla pausado y grave, al ritmo de la mañana en la Colonia, donde hace más de ocho meses que no llueve. Así recuerda la masacre de 1924, la "reducción de indios". O el envenenamiento de la tierra, hoy gastada y a la espera de nueva vida. El futuro está puesto en "las plantitas", que buscan sobrevivir en el clima adverso. Y en las vacas, que caminan una vez al día el kilómetro de ida y el de vuelta hacia la represa de la ruta, al cuidado de los niños. Porque los pozos alcanzan para el consumo familiar y para regar los futuros árboles (algarrobo, lapacho y espina corona). Si Dios accede a sus rezos y la lluvia vuelve a caer.
Así se vive. Y así se lucha también para salir adelante. Cada día abre una nueva esperanza. Los árboles, si todo sale bien, algún día serán bosque.


"El proyecto que dio origen a este trabajo fue el ganador de las Becas AVINA de Investigación Periodística.

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