Los dueños de la silla eléctrica - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

Los dueños de la silla eléctrica

¿Qué raro encanto tiene el puesto de director técnico de fútbol? Los puede a todos sin excepción, incluso a superestrellas como Maradona, Simeone o Passarella, quienes podrían estar tomando sol en una playa paradisíaca y sin embargo se exponen a una profesión que los cachetea mañana y noche.

Ser técnico de fútbol y no morir en el intento. ¿Cómo lograrlo? Tarea titánica si las hay. Acá y en La Luna es un puesto de riesgo, que seduce tanto como quita. ¿Qué tiene esa silla eléctrica a la que no se resisten Maradona, Simeone o, yendo un poco hacia atrás, Passarella? Todos ellos millonarios, personajes que podrían estar gastando sus horas panza arriba, fumando un habano y admirando -copa en mano- las curvas de una linda veinteañera. Pero no, prefieren la adrenalina de exponerse a muchas críticas y de vez en cuando a un elogio perdido. ¿Cómo se entiende? Cuesta, claro que cuesta.

Para muestra Bilardo, el campeón mundial de los obsesivos. Ante cuatrocientos periodistas que soportaban estoicamente el calor que revoloteaba el predio de AFA en Ezeiza, hace unos días esbozó una confesión que heló la sangre: "Primero la celeste y blanca, después mi familia..." ¿Cómo? Sí, lo dijo el propio Narigón que, días atrás, manejaba las riendas del deporte en la Provincia de Buenos Aires, hasta que su amigo Humbertito Grondona (hijo de Don Julio, el mandamás de la AFA) lo convenció para que se sumara como manager al seleccionado. Dio un portazo sin pensar, porque la pelota le tira más que pasear a su nieta por el Parque Rivadavia, donde religiosamente se lo podía ver en la calesita que da a la calle Rosario. El doctor es así.

Como así es Maradona, quien antes de aceptar dirigir al seleccionado tenía suculentas ofertas para potenciar por el mundo el negocio del Showball. Ni hablar contratos publicitarios, proyectos televisivos y una firme idea de manejar deportivamente al poderoso Inter de Milan. Lo tentó Grondona padre en China, en medio de los Juegos Olímpicos, y ahí pateó el tablero. No pensó en que el equipo tambalea en las Eliminatorias, en las críticas de los detractores, en el tiempo que le iba a quitar a sus seres queridos... "¿Dónde firmo?", apuró. Y se puso el buzo de técnico, enseguida, feliz de la vida.

Simeone es otro caso digno de diván. Sus años como jugador europeo le dieron chapa, fama, millones, lindos hijos y una mujer guapa. Un mundo de fantasía, parecía. Cabeza dura, volvió a vivir a la Argentina (en España, en el Atlético Madrid, era algo así como un dios terrenal) y quiso probarse como entrenador. Le fue bien al principio, después de parirla un tiempo sacó del pozo a Racing, logró títulos en Estudiantes, también en River y más de uno lo imaginó al frente de la Selección. Hasta que llegó la malarie: hoy tambalea en el puesto, los hinchas lo tienen apuntado y, como si fuera poco, su ahora ex señora apareció en las tapas de las revistas del corazón con un musculoso apodado He Man. Hay más, enojado por la actuación de sus dirigidos le dio un puñetazo a la pared y se fracturó la mano. ¿Es necesario tanto sufrimiento, Cholo?

"Sarna con gusto no pica", reza el dicho. Una sugerencia, apenas, señores: ¿Están seguros de la profesión que eligieron? Piensen, por favor. Con la vocación no se juega.

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