La particular técnica de Dady Brieva para poder tener sexo con su mujer - Ciudad Magazine Pasar al contenido principal

La particular técnica de Dady Brieva para poder tener sexo con su mujer

El humorista (y padre de dos niños pequeños) fue al living de Susana Giménez con su esposa, Mariela Anchipi, y reveló cómo hacen para mantener la pasión en la pareja. ¡Ídolo!

"Ponemos el despertador a las cuatro de la mañana y vamos al vestidor porque los chicos duermen con nosotros".

La entrevista tuvo momentos desopilantes, acordes a la calidad de los personajes. Dady Brieva estuvo en el living de Susana Giménez junto a su mujer, Mariela Anchipi, y los dos pequeños hijos de la pareja, Felipe (2) y Rosario (2 meses y medio). El humorista hizo gala de su rapidez y su excelente timing para los chistes.

La diva quiso saber la receta de la pareja para mantener la llama de la pasión encendida y Dady reveló la particular técnica a la que recurren con Chipi para hacerse tiempo y lugar. “Soy feliz, la paso muy lindo. Me levanto temprano, pero de sexo, nada. El amor es como una plantita que hay que regarla todos los días cuando hay amor. Entonces hay que hacer producción, hay que trabajar”, se rió Brieva.

“Nosotros ponemos el despertador a las cuatro o las cinco de la mañana. Así es, le digo: ‘¡Vamos!’. No hay tiempo, mamá, esto es como el gimnasio, si uno deja de hacerlo no lo hace más. Suegro, esto no lo grabés”, pidió mirando a cámara y desató las risas en el estudio.

"Esto es como el gimnasio, si uno deja de hacerlo no lo hace más".

Susana se sorprendió por el horario y quiso saber más. “¿Qué voy a tener ganas? ¡Estoy dormido! Ponemos el despertador, nos levantamos y vamos al vestidor porque los chicos duermen con nosotros. Vamos al vestidor, llevamos un almohadón, llevamos el rosadito... Siempre faltan pilas, pero desarmamos el control remoto. Hacemos lo que tenemos que hacer y volvemos. Esto es un servicio a la gente, no dejen de hacerlo porque los hijos desunen las parejas”, aconsejó Brieva.

Mientras tanto, el color en la cara de Mariela iba mutando. Rosadito, colorado hasta llegar a rojo sangre de vergüenza. “¡No hay que dar tanto detalle!”, le rogó a su marido. Pero bueno, ya era tarde.

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